
¿Quién dijo que un chupetón es solo cosa de adolescentes enamorados? Pues resulta que, en ocasiones, puede ser el detonante de un culebrón judicial de lo más pintoresco. Prepárense para la historia de un padre canadiense que, por pasarse de cariñoso (o de descuidado), acabó en el banquillo de los acusados por una marca en el cuello de su propio hijo.
La escena tiene lugar en febrero de 2023, en la bucólica Columbia Británica. Nuestro protagonista, un padre algo… digamos, ‘efusivo’, estaba preparando a su hijo de 12 años para ir al colegio. En un arranque de lo que él llamó «simplemente divertirse», decidió dejarle un recuerdo un tanto peculiar en el cuello: un chupetón de manual. Uno de esos que no pasan desapercibidos, vamos.
El chaval, como era de esperar a esa edad, apareció en clase «avergonzado y mortificado» por la notita amorosa de su progenitor. Claro, entre los murmullos de sus compañeros y la evidencia visible, no tardó en llegar el chivatazo a una profesora. Y como las cosas de palacio van despacio pero llegan, los servicios de protección infantil no tardaron en ser alertados.
El padre, al verse entre la espada y la pared, admitió que fue una «decisión estúpida». ¿Estúpida? El juez de la Corte Provincial de Columbia Británica, Christopher Hinkson, fue un poco más allá, calificándolo no de «violento o abusivo» (¡menos mal!), pero sí de «muy, muy mala decisión parental». Y es que hay límites para las bromas paternales, sobre todo cuando implican dejar marcas que parecen sacadas de una película de Drácula adolescente.
Pero la historia tiene más capas que una cebolla de Figueres. El chupetón, aunque el detonante, no era un incidente aislado. El tribunal descubrió que el padre tenía un historial de preocupación. Ya había sido señalado por la madre del chico por su «estilo parental» y por episodios donde empujaba al niño «con fuerza» o le dejaba «marcas de dedos». Incluso, en su expediente, figuraban antecedentes por violencia doméstica y agresión hacia la madre del menor. ¡Vaya tela!
Así que, el juez, ni corto ni perezoso, dictaminó que este padre «juguetón» necesitaba una buena dosis de realidad. ¿La condena? Pues, además de un tirón de orejas legal, se le ordenó asistir a clases de paternidad. Sí, han oído bien, clases para aprender a ser un padre sin dejar marcas amorosas indeseadas. Además, se le impuso una orden de no contacto con el niño durante dos meses, salvo visitas supervisadas, y no podrá estar solo con él sin la aprobación expresa del Ministerio de Niños y Desarrollo Familiar.
Actualmente, el joven vive con su madre, y esperamos que sin más souvenirs indeseados en el cuello. Moraleja de la historia: hay bromas y caricias que es mejor dejarlas para otras edades o, directamente, para nunca. Y, sobre todo, que la paternidad no es un juego, y un simple chupetón puede destapar un historial de lo más complicado.
