Si alguna vez has pensado que una mudanza es un infierno logístico, espérate a escuchar la odisea de esta pequeña cabaña en Alaska. Resulta que en el Parque Nacional y Reserva Wrangell-St Elias, cerca de McCarthy, hay un pedacito de historia que ha decidido que ya estaba bien de tener los pies fríos.
Hablamos de la humilde y robusta cabaña de 13 por 17 pies (unos 4×5 metros) que perteneció a James E. Jones, un pionero minero de tomo y lomo que se instaló allí por 1906 y vivió hasta su muerte en 1946. La casa, centenaria y llena de recuerdos (probablemente de frío extremo), estaba en un aprieto. Estaba peligrosamente cerca del río Kennicott, que es tan impredecible como un adolescente con acceso a la tarjeta de crédito. Sus cambios de curso repentinos amenazaban con llevarse la histórica estructura por delante.
Aquí entra en acción el equipo de preservación, liderado por la organización ‘Friends of Kennicott’, que decidió que esta joya arquitectónica de madera merecía una segunda oportunidad, aunque eso significara una mudanza épica. El plan: mover la casa entera, de una pieza, diez millas (unos 16 kilómetros) a través de un paisaje que parece sacado de un frigorífico industrial.
La gran mudanza tuvo lugar en marzo de 2024. No fue cosa de una tarde. El proceso se extendió durante un mes. Imagina la escena: la cabaña, colocada cuidadosamente sobre un remolque, siendo remolcada por una excavadora gigante, cruzando hielo, nieve y hasta algún que otro río helado. Una logística que haría palidecer a cualquier empresa de transportes de la península.
Esta titánica labor, financiada gracias a donaciones privadas y alguna que otra subvención gubernamental, asegura que el legado de Jones y de los primeros días de la fiebre del oro en la zona se mantenga a salvo. Ahora, el hogar del señor Jones está felizmente reubicado, probablemente con menos vistas al río, pero con la tranquilidad de que no terminará flotando río abajo. ¡Menudo viaje para una casa que llevaba cien años sin moverse!



