Si alguna vez te has preguntado por qué tienes que vender un riñón o, como mínimo, la mitad de tus vacaciones para pagar una entrada de concierto, el mismísimo CEO de Live Nation, Michael Rapino, tiene la respuesta. Y ojo, que la explicación es de traca: la culpa no es suya, es que el rock and roll es, literalmente, un artículo de lujo, al nivel de un bolso de diseñador o una botella de vino que cuesta más que tu sueldo mensual.
Rapino, al hacer su particular defensa de los precios en el sector de la música en directo (y de paso, de las comisiones de Ticketmaster), argumentó que asistir a un concierto moderno debe ser considerado un “bien de lujo”. Y para que lo entendamos bien, nos puso unos ejemplos de andar por casa. Según el capo, comprar una entrada es comparable a desembolsar 200 dólares por una copa de vino vintage, o estirar el bolsillo para adquirir un bolso de marca que ronda los 5.000 dólares. Vamos, que si vas a ver a tu banda favorita, estás en la misma liga que la gente que va en yate.
El argumento principal de la compañía es que la experiencia musical en directo ha evolucionado a tal punto que ya no es solo un entretenimiento de masas, sino un producto premium. En otras palabras, la gente está dispuesta a pagar grandes sumas por ese subidón de adrenalina y por la exclusividad de estar allí. Este palique les sirve de escudo para justificar por qué los precios no paran de subir como la espuma, y por qué las entradas dinámicas y las tarifas de servicio son tan agresivas.
Lo que omite Rapino es que, mientras que nadie te obliga a comprar un bolso carísimo, ir a un concierto puede ser el único modo de consumir el arte de tu artista preferido de una forma significativa. Pero claro, si Rapino dice que ir de festival es como ir de compras por la Quinta Avenida, pues habrá que creerle. Quizá la próxima vez, en lugar de pedir la entrada, nos pidan que mostremos una tarjeta de crédito platino.


