Imaginen la escena: paz, tranquilidad, y la promesa del descanso eterno. Ahora, destrúyanla mentalmente con miles de pequeños taladros peludos. Esto es exactamente lo que está ocurriendo en un solemne cementerio de Dakota del Norte, donde el luto ha sido sustituido por una guerra a gran escala contra la fauna local, concretamente, la ardilla de tierra de Richardson.
Estos diminutos, pero implacables, roedores han decidido que el cementerio es el sitio inmobiliario perfecto para montar su complejo subterráneo de túneles. Lo que para nosotros es un lugar de recuerdo, para ellas es una mina de oro de tierra suelta y césped bien cuidado ideal para excavar. El problema no es solo estético; es estructural, catastrófico y absurdamente caro.
El Richardson’s ground squirrel, a pesar de su aspecto de ‘cuidado que te como la bellota’, es un experto en demolición. Sus sistemas de túneles son tan extensos que están comprometiendo los cimientos de las lápidas, los cimientos de los mausoleos e incluso la integridad de las bóvedas funerarias. Los administradores del cementerio han visto cómo secciones enteras del terreno se hunden, creando un paisaje más parecido a un campo minado que a un lugar de reposo. En esencia, las ardillas están ‘okupando’ el espacio bajo tierra, haciendo que el precio de la parcela suba, o mejor dicho, se desplome.
La directiva del camposanto se encuentra en una encrucijada legal y ética. No pueden simplemente soltar depredadores, ni tampoco es viable la captura manual cuando la población se cuenta por miles. Están obligados a buscar métodos de control de plagas que son dignos de una película de ciencia ficción de bajo presupuesto. Hablamos de considerar tratamientos con CO2 para fumigar las madrigueras o planes de captura masiva, todo ello con la esperanza de que, al menos, los restos mortales puedan descansar en paz.
Este surrealista conflicto subraya la delgada línea entre la naturaleza y lo humano. Mientras el cementerio intenta mantener la dignidad del último adiós, las ardillas, totalmente ajenas a la solemnidad de su entorno, siguen adelante con sus proyectos de construcción, recordándonos que incluso en el lugar más sagrado, la naturaleza siempre tiene la última palabra (y el taladro más ruidoso). Dakota del Norte está aprendiendo la dura lección de que los enemigos más pequeños son a menudo los más persistentes y destructivos.




