Imagínense el panorama: el sol brilla, es un día perfecto para disfrutar de la terraza, pero la paz se ve interrumpida por un enemigo silencioso e invisible… y tremendamente oloroso. Estamos hablando de la famosa ‘Guerra de la Caca de Gato’ que puso patas arriba a un tranquilo barrio del Reino Unido y acabó, ni más ni menos, que en el Tribunal Superior de Justicia.
El jaleo comenzó cuando un vecino, harto del pestazo que emanaba de la propiedad contigua, decidió que ya era suficiente. La vecina en cuestión era la orgullosa dueña de una considerable manada de gatos (las cifras varían, pero hablamos de una docena o más), y parece ser que la higiene en el jardín había pasado a un segundo, tercer o incluso cuarto plano. El resultado era una auténtica bomba biológica de olor a amoníaco y excrementos que hacía imposible ventilar la casa o, ya puestos, existir cerca.
Lo divertido y a la vez absurdo de esta historia es el nivel de escalada judicial. Inicialmente, las quejas se dirigieron al ayuntamiento, que lógicamente abrió una investigación. Posteriormente, el caso llegó a los tribunales locales. Sin embargo, cuando uno de los vecinos no quedó conforme con las decisiones preliminares, decidió que este asunto era lo suficientemente grave como para requerir la atención de la máxima instancia legal del país: el Tribunal Superior.
La gran pregunta legal era si un simple, aunque persistente y pútrido, hedor de gato podía ser catalogado como una ‘molestia estatutaria’ (statutory nuisance) bajo la Ley de Protección Ambiental de 1990. En otras palabras, ¿puede la caca de gato ser una amenaza para el bienestar público que requiera la intervención de la ley? Pues, sí. La sentencia confirmó que si un olor es lo suficientemente grave y persistente como para interferir en el uso y disfrute de la propiedad ajena, los tribunales deben intervenir.
Así que, la próxima vez que te quejes de que tu vecino no recoge la basura o tiene la música alta, recuerda que en el Reino Unido hubo gente que se enfrentó a los más altos estamentos judiciales por culpa de una gata y su particular ‘producción’ intestinal. Una lección de vida: el respeto vecinal empieza por mantener tu fauna felina a raya… o al menos, sus restos.




