
¿Tu hijo, sobrino o el vecino del quinto no suelta el mando y sueña con ser el próximo Ibai pero en versión jugador de élite? ¿Se pasa el día diciendo que va a dejar los estudios para ganar millones jugando al League of Legends? Pues en China han encontrado una solución de lo más peculiar: un campamento que, en lugar de fomentar su pasión, se la quita de raíz.
El equipo profesional de esports Royal Never Give Up (RNG) ha lanzado lo que llaman un ‘curso de disuasión de esports’. Suena a película de ciencia ficción, pero es tan real como el ‘lag’ en una mala conexión. La idea es sencilla y, a la vez, brillante. En vez de gritarle al chaval que deje la ‘maquinita’, le invitan a vivir como un verdadero profesional del videojuego. Y aquí es donde el sueño se convierte en pesadilla.
Los aspirantes a estrellas del teclado y el ratón llegan pensando que van a pasarse el día echando partidas y comiendo ganchitos, pero se topan con la cruda realidad. El curso replica el régimen de entrenamiento de un jugador profesional, que se parece más a una mili que a una tarde de vicio con los colegas. Se acabaron las partidas por diversión; aquí se viene a sufrir.
El programa incluye sesiones interminables de ejercicios monótonos diseñados para mejorar los reflejos y la precisión. Imagina pasar horas y horas haciendo clic en objetivos que aparecen en la pantalla, una y otra vez, hasta que los dedos te piden clemencia. Cero diversión, máxima eficiencia. Además, los chavales son sometidos a tests para evaluar si de verdad tienen el talento innato que se necesita, que, seamos sinceros, es más raro que encontrar un unicornio.
Pero el plato fuerte, la guinda del pastel de la humildad, llega cuando les toca competir. No juegan entre ellos, no. Les enfrentan a jugadores profesionales o semiprofesionales del equipo RNG. El resultado es, como te puedes imaginar, una masacre. Una paliza en toda regla que les demuestra la distancia sideral que hay entre ser el ‘gallito’ de tu barrio y competir en la élite mundial.
El objetivo de RNG no es traumatizar a los críos, sino darles un baño de realidad. Quieren que entiendan que ser profesional no es un juego, es un trabajo increíblemente exigente, competitivo y, para la mayoría, frustrante. Es una carrera con una tasa de éxito bajísima que requiere un sacrificio enorme.
¿Y funciona? Pues parece que sí. Muchos de los participantes abandonan el curso antes de tiempo o, al terminarlo, vuelven a casa con una nueva perspectiva: los videojuegos molan mucho como hobby, pero como profesión, casi que mejor se lo dejan a otros. Los padres, por su parte, respiran tranquilos al ver que su hijo ha cambiado la ambición de ser pro-gamer por la de, al menos, aprobar matemáticas.
