¡Atención, cafeteros de Scottsdale (Arizona)! Si alguna vez pensaste que el mayor problema en el negocio del café era un barista despistado, espera a escuchar esta. Resulta que en este rincón del mundo, ser demasiado generoso puede llevarte directo a la hoguera (o, al menos, a la prohibición municipal).
El protagonista de esta tragicomedia es un humilde camión de café móvil que, en un gesto de buena fe y, seamos sinceros, marketing brillante, decidió alegrar la vida a sus clientes habituales. ¿Cómo? Pues ofreciendo chupitos de espresso completamente gratuitos a aquellos que, además de su dosis de cafeína, compraban algún dulce o té. Un detalle que, en teoría, debería fidelizar a cualquiera y hacer las mañanas más llevaderas. Pues no para los señores del ayuntamiento.
Parece ser que los vigilantes de la burocracia de Scottsdale, armados con sus carpetas y reglamentos, decidieron que este acto de caridad cafetera era una violación flagrante de los permisos destinados a los vendedores móviles. No se trataba de sanidad, ni de ruido, ni de aparcamiento. El meollo del asunto, y lo que convierte la historia en una joya del absurdo, es que la estricta definición de lo que podían vender o «regalar» estaba escrita en algún oscuro manual del consistorio, y un espresso de cortesía no entraba en sus esquemas.
En resumen: la ciudad le ha dado la patada al camión por ser demasiado amable. Prohibir un negocio que está luchando por salir adelante solo porque ofrece un extra gratuito es la cima de la sinrazón administrativa. La moraleja es clara: en Scottsdale, si quieres dar algo gratis, primero consulta con veinte funcionarios, no vaya a ser que un chupito de espresso ponga en peligro la estabilidad económica del estado. Esto es lo que pasa cuando la ley del café se toma demasiado al pie de la letra.
¡A ver quién se atreve ahora a ponerle un trocito de galleta a tu capuccino sin antes temer una multa estratosférica!




