
Agárrense que vienen curvas, porque la vida real a veces supera cualquier guion de película cómica, y lo que ha pasado en La Vergne, Tennessee, es para enmarcar. Imagínense la escena: un día de julio de esos en los que el asfalto podría freír huevos, un coche aparcado y, dentro, dos pobres perretes, Bella y Max, sudando la gota gorda con las ventanillas subidas. ¡Un drama en toda regla!
Aquí es donde entra en acción nuestro héroe, el Jefe de Policía Steve Cordell. Ni corto ni perezoso, viendo el percal, decide que hay que actuar. Rompe una ventanilla (¡por los perretes!) y se lanza al rescate de los peludos. Hasta aquí, todo suena a historia conmovedora digna de ovación, ¿verdad? Pues esperen.
Durante la operación de salvamento, los perros, comprensiblemente asustados y confusos por la súbita interrupción de su sauna involuntaria (y la aparición de un humano rompiendo cristales), deciden que la mejor defensa es un buen ataque. Resultado: el Jefe Cordell termina con mordiscos en el brazo y la muñeca. ¡Ay, mi madre! Una buena acción que se tuerce un poquito. Pero bueno, son gajes del oficio, ¿no? Se cura las heridas, los perretes a salvo, y fin de la historia… o eso creíamos.
Porque la verdadera guinda del pastel llegó el 16 de octubre. Meses después del heroico rescate, el mismísimo Jefe Cordell, que había salvado a Bella y Max, ha demandado a sus dueños, Michael y Misty Batey. Sí, han leído bien: el salvador demanda a los propietarios de los salvados. La razón, según la demanda, es que los Batey permitieron “negligentemente y/o descuidadamente” que sus mascotas estuvieran en una posición desde la que pudieron morderle. Ahora, Cordell reclama más de 2.800 dólares en gastos médicos y otros daños. ¡Tela!
La ironía es brutal. Salvas a unos perros de un destino fatal, te llevas unos cuantos recuerdos dentales, y terminas en el juzgado reclamando los gastos a los dueños de los mismos animales a los que les echaste una mano (o el brazo, en este caso). Dicen que no hay buena acción sin castigo, pero esto ya es de otro nivel. La pregunta del millón es: ¿Quién salvará al salvador de la factura del abogado? En La Vergne, seguro que la gente aún se lo está preguntando con una sonrisa irónica.
