
¿Quién iba a decir que tener menos ganas de reproducirnos iba a ser la chispa para una revolución científica de tomo y lomo? Pues en Estados Unidos, la cosa va por ahí. Parece que la cigüeña está haciendo huelga o, al menos, se ha tomado unas vacaciones muy largas, porque la natalidad lleva décadas en caída libre. Pero ojo, que no todo es drama: esta situación, un tanto agridulce, ha puesto en marcha la maquinaria de la medicina reproductiva a toda pastilla.
Resulta que no es solo que la gente no pueda tener hijos de forma natural; la cosa es mucho más compleja y moderna. Cada vez más parejas jóvenes deciden posponer el momento de la paternidad o simplemente tener menos churumbeles. La educación a tope, las mujeres pisando fuerte en el mercado laboral y, para qué negarlo, los desafíos económicos para criar a un peque hacen que la decisión de ser padres se lo piensen dos veces (o mil).
Pero aquí viene lo bueno: la ciencia, ni corta ni perezosa, ha visto en esta tendencia una oportunidad de oro para tirar de ingenio. La demanda de tratamientos de fecundación in vitro (FIV) está por las nubes, y no solo para los casos de infertilidad de toda la vida. Ahora, parejas del mismo sexo, personas solteras que quieren ser padres o aquellos que buscan preservar su fertilidad, están llenando las clínicas. Y los avances son de ciencia ficción (pero real).
Imagina esto: inteligencias artificiales que eligen el “embrión estrella” con más posibilidades de éxito, procedimientos menos invasivos que te permiten seguir con tu vida sin dramas, y técnicas de criopreservación tan sofisticadas que tus futuros hijos podrían salir del congelador mejor que un plato precocinado. Los expertos como el Dr. Arthur Leader lo tienen claro: la paradoja es que una disminución en la fertilidad será el motor para la innovación en este campo. ¡Tócate las narices!
Claro, el tema del dinero sigue siendo un quebradero de cabeza para muchos, porque la FIV no es precisamente barata. Pero, como en todo, poco a poco se van viendo cambios. Algunas empresas molonas ya están empezando a cubrir estos tratamientos en sus seguros de salud, haciendo que el sueño de tener descendencia sea un poquito más accesible para más gente.
En resumen, la ironía es de libro: para que la ciencia para tener hijos avance a pasos agigantados, primero tenemos que… ¡tener menos hijos! Vamos, que la próxima vez que alguien se queje de la baja natalidad, dile que gracias a eso, quizás en el futuro ser padre será casi tan fácil como pedir una pizza a domicilio (bueno, casi).
