Imagínate la escena: estás tranquilamente en tu trabajo, un día cualquiera, y de repente, un tiburón toro decide que tu cabeza es el nuevo aperitivo del día. Pues eso es exactamente lo que le pasó al Dr. Blake Chapman, un biólogo marino australiano, en las aguas de Moreton Bay, Queensland. Y no, no fue en un ataque de esos de película, sino en una expedición rutinaria de etiquetado de peces. Este hombre es un «pez gordo» en el estudio de los tiburones toro, y la ironía, amigos, a veces muerde más fuerte que el propio animal.
Fue hace aproximadamente año y medio. Blake estaba, como quien no quiere la cosa, inclinado sobre el lateral de su embarcación recogiendo un equipo, cuando ¡zas! El tiburón, que andaba por allí de parranda, le dio un mordisco inesperado. El resultado: una oreja desgarrada, 13 puntos de sutura y una cicatriz que ahora es su ‘souvenir’ más molón. A ver, que cualquiera de nosotros, después de semejante susto, juraría no volver a acercarse a un pez más grande que una anchoa. Pero Blake no es «cualquiera».
Este hombre está hecho de otra pasta, o de escamas, quién sabe. Lejos de desarrollar una fobia o una sed de venganza digna de Hollywood, el Dr. Chapman tiene un objetivo que roza lo surrealista: ¡quiere volver a encontrarse con el tiburón! Sí, has leído bien. Lo que para el común de los mortales sería el trauma de su vida, para él es una anécdota de currículum y, atención, «buen karma» para un biólogo de tiburones. Se lo tomó con filosofía, diciendo que el tiburón no pretendía atacar, sino que «estaba probando» algo que le parecía un pez, o simplemente se asustó. Vamos, que su cabeza le pareció un señuelo de lujo.
Ahora, su misión es identificar a su atacante. Quiere ponerle nombre, estudiarlo más a fondo y, si me apuras, hasta invitarle a un café. Blake sigue buceando y trabajando con tiburones toro en la misma bahía, demostrando que la pasión por su trabajo está por encima de cualquier mordisco. Así que la próxima vez que te quejes de un lunes, piensa en Blake Chapman, el biólogo que espera reencontrarse con el tiburón que le dio un «cariñoso» mordisco en la cabeza. La ciencia, a veces, tiene estas cosas tan maravillosas y, digamos, ‘afiladas’.




