El avión del pestazo a pescado que tuvo que volver a casa

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Imaginen la escena: acaban de despegar, listos para disfrutar de unas merecidas vacaciones en el soleado Faro, Portugal. El avión de la compañía Aurigny, que había partido de Southampton, empieza su ascenso de manera rutinaria. Todo normal, hasta que un invitado inesperado, y muy maloliente, decide presentarse en sociedad.

No fue una turbulencia, ni un fallo mecánico, ni siquiera un pasajero demasiado ruidoso. Fue el PESTAZO. Sí, un olor tan abrumadoramente a pescado, concretamente a marisco procesado, que empezó a provocar náuseas y malestar generalizado entre el pasaje. Esto no era un ligero tufillo a sardinas, sino la sensación de estar volando dentro de una pescadería de puerto bajo el sol de agosto. El ambiente se volvió tan irrespirable que aquello dejó de ser un vuelo comercial para convertirse en una misión de supervivencia olfativa.

Ante el monumental problema de olor —un verdadero riesgo biológico para la nariz humana—, la tripulación tomó la única decisión lógica y drástica: dar media vuelta. El vuelo regresó inmediatamente a Southampton. Una vez en tierra, la policía fue alertada y el equipo de tierra se puso a investigar la fuente del desastre aromático. El culpable resultó ser una pieza de equipaje facturado, convenientemente cargada con lo que la fuente describe como marisco procesado.

El premio gordo se lo llevaron los dueños de la maleta perfumada: una pareja que, además de ser interrogada por la policía a su llegada, ha sido expedientada y vetada de por vida por la aerolínea Aurigny. Parece que la compañía no perdona arruinar un vuelo por llevar medio mercado de abastos en el equipaje de mano (o facturado, en este caso). Una lección clara para futuros viajeros: si tu equipaje huele tanto que hace vomitar a 50 desconocidos, probablemente deberías replantearte qué metes en la maleta. Las vacaciones se pospusieron, pero al menos la anécdota es de las que se recuerdan.