La historia del capitán Andrea (llamémosle así para darle un aire de alto mando) es una de esas crónicas que hacen temblar a los responsables de seguridad aeroportuaria. Resulta que nuestro protagonista, un ex-auxiliar de vuelo, sentía que la vida le había dado la patada equivocada tras dejar su trabajo. En lugar de buscar un nuevo empleo honesto, decidió que lo suyo era el estatus y el prestigio, aunque fuera de mentira.
Ni corto ni perezoso, se hizo con un uniforme de piloto (con las insignias reglamentarias, que la estética es importante), falsificó una licencia y, armado con una confianza que rozaba el descaro, se presentó en varios aeropuertos con la intención de coger el mejor asiento del avión: la cabina de mando.
Lo más alucinante del asunto es lo fácil que le resultó. Gracias a su antigua experiencia y a lo que se conoce como ‘factor uniforme’ (la gente asume que si vistes de autoridad, lo eres), logró engañar a los controles de seguridad, a los equipos de tierra e incluso a otros tripulantes. Se sentó en el ‘jump seat’ (el asiento auxiliar del piloto) en vuelos comerciales que iban cargados de pasajeros, algunos de ellos trayectos internacionales de larga duración. Se calcula que miles de personas volaron tranquilamente sin saber que un impostor estaba literalmente a centímetros de los mandos.
Durante meses, se dedicó a esta peligrosa afición, disfrutando de las vistas privilegiadas y de la adrenalina de burlar a todo el sistema. El objetivo no era tomar el control del avión (menos mal), sino simplemente vivir la fantasía de ser capitán. Su carrera como piloto pirata llegó a su fin cuando, inevitablemente, alguien se dio cuenta de que no cuadraba. En algunos reportes se sugiere que fue la tripulación de cabina, en otros el personal de tierra, pero el resultado fue el mismo: el sueño se acabó y fue arrestado. Una lección de que el uniforme da poder, sí, pero hasta que te piden el DNI.



