
Imaginen la escena: lunes por la mañana en el bullicioso Aeropuerto Internacional de Gimpo, en Seúl. La gente va y viene, con prisas, arrastrando maletas y mirando sus relojes. De repente, entre la multitud, aparece una figura inesperada a toda velocidad… ¡sobre un patinete eléctrico de limpieza! No, no es el nuevo servicio VIP del aeropuerto, es el señor Kim Doo-kwan, un respetable (o no tanto) diputado surcoreano.
El intrépido Kim, de 54 años, tenía un vuelo a Ulsan y, al parecer, la idea de andar un poquito extra para llegar a su puerta de embarque le resultó tan insoportable como una sesión parlamentaria interminable. Así que, con una visión digna de un genio de la logística (o de un niño grande con prisa), decidió que la mejor solución era tomar prestado —sin pedir permiso, claro— uno de los patinetes eléctricos que usa el personal de limpieza. ¡Y a correr!
Las cámaras de seguridad, esas chivatas implacables, no tardaron en inmortalizar la hazaña. El diputado, cual Fernando Alonso de los pasillos aeroportuarios, se paseó tan ancho por la terminal como si estuviera en su propio jardín. Su objetivo: ahorrarse unos minutos y, presumiblemente, unos cuantos pasos. Porque claro, la élite política está para cosas más importantes que caminar, ¿verdad?
Como era de esperar, la imagen del honorable Kim Doo-kwan pilotando un vehículo de limpieza por una terminal pública no tardó en ser la comidilla del país. Las redes sociales echaron humo y las críticas llovieron como si no hubiera un mañana. Después de semejante revuelo, el diputado no tuvo más remedio que entonar el ‘mea culpa’. Su disculpa fue directa: «Fue mi culpa por pensar con poca cabeza en mi prisa por coger el avión. Lamento profundamente haber causado molestias a la gente». Vamos, lo que se dice un clásico: «lo siento, pero es que tenía prisa».
Este incidente, que ocurrió un lunes por la mañana y fue captado por todas las cámaras posibles, ha dejado claro que, a veces, ni los políticos más serios se resisten a la tentación de un buen atajo, aunque este implique dejar la dignidad aparcada y subirse a un patinete ajeno. Al final, el diputado llegó a su vuelo, sí. Pero la lección de humildad (o de ridículo, según se mire) que se llevó, seguramente, pesó más que el equipaje de mano.
