El alcalde de São Paulo instaló un detector de caras tristes para controlar las colas

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En un movimiento que mezcla el Gran Hermano con el cabreo vecinal, el antiguo alcalde de São Paulo se hartó de las quejas por las colas kilométricas en las oficinas de servicios públicos. Pero en lugar de contratar más personal o abrir más ventanillas de forma tradicional, decidió aplicar una solución que solo podría salir de una mente genial (o ligeramente perturbada): ¡instalar un detector de emociones faciales!

Este ingenioso, aunque sutilmente distópico, sistema se puso en marcha en centros donde los ciudadanos esperaban su turno para trámites esenciales, como conseguir el bono de transporte. La tecnología, que utiliza reconocimiento facial de última generación, no estaba ahí para identificar criminales o cotillear sobre peinados, sino para medir algo mucho más importante en la política: el nivel de frustración pública.

El sistema funcionaba como una especie de barómetro de la miseria. Si la máquina detectaba que el porcentaje de gente con cara de ‘llevo aquí desde el Pleistoceno’ o ‘mi vida se está yendo por el sumidero’ superaba un umbral predefinido, el aparato emitía un aviso. Este aviso, por supuesto, no iba dirigido al pobre ciudadano que esperaba, sino directamente a los jefes de departamento responsables de gestionar el tiempo de espera.

Era una estrategia de humillación pública, pero con píxeles. La idea era simple: ¿Quieres que la máquina deje de pitarte el WhatsApp cada cinco minutos? Pues espabila y reduce el tiempo que tarda la gente en tramitar su documentación. Los funcionarios tenían la presión tecnológica de su lado, ya que el alcalde buscaba utilizar estos datos para presionar a los responsables de área a mejorar su eficiencia. En resumen, si las caras largas se acumulaban, era señal de que alguien en la administración iba a tener que correr un poco más. Un método, cuanto menos, original para combatir la burocracia con tecnología punta y mucha cara de hastío.