
Agárrense, que vienen curvas, y de las que te hacen soltar la carcajada a pesar de lo dramático del asunto. Imaginad la escena: un alcalde republicano de un pueblito de Pensilvania, Pleasant Hills para ser exactos, de esos que abogan por una mano dura contra la inmigración ilegal y que, para más inri, era un ferviente activista del Tea Party. ¿Os lo imagináis? Pues bien, este señor, llamado John Chu (aunque algunas fuentes lo escriben Choe), ha sido el protagonista de una historia que bien podría salir de una de esas películas de enredo o, directamente, de una sección de humor negro de cualquier noticiario.
La sorpresa mayúscula llegó cuando se descubrió que el mismísimo alcalde, el adalid del orden y la legalidad, el que seguramente asentía con la cabeza ante las políticas migratorias más restrictivas, ¡era un inmigrante indocumentado! Sí, habéis leído bien. Resulta que Chu nació en Corea del Sur y llegó a Estados Unidos legalmente de niño. Todo bien hasta ahí. El problema es que, cuando cumplió los 21, su visado caducó y, por algún despiste cósmico o simplemente por no querer pasar por el papeleo, jamás se naturalizó como ciudadano estadounidense. Así, de repente, se convirtió en lo que tanto criticaba: un ‘ilegal’. El ironía, por favor, que alguien la recoja del suelo antes de que nos atragantemos de risa.
Pero la cosa no termina aquí, porque si ya la ironía nos estaba haciendo chiribitas en los ojos, la trama se espesa. Durante años, este hombre ejerció su derecho al voto en varias elecciones, un delito federal para cualquiera que no sea ciudadano. ¡Para colmo de males, llegó a ser alcalde! Sirvió durante unos diez meses antes de que toda la verdad saliera a la luz. Se le acusó formalmente de fraude electoral y perjurio, y claro, ante tal escándalo, tuvo que dimitir de su cargo. Un pequeño resbalón burocrático, que te lleva de la alcaldía al posible ‘hasta luego’ del país.
El pobre Chu intentó defenderse argumentando que siempre pensó que sus padres le habían naturalizado o que la posesión de un pasaporte significaba que era ciudadano. Un pequeño despiste, ¿verdad? Uno de esos que te cuestan un puesto de alcalde y te ponen en la lista de espera para una posible deportación. Ahora, el que fue un pilar de la política local y un azote para los inmigrantes indocumentados, se enfrenta a la perspectiva de ser deportado de un país que consideraba su hogar desde la infancia. Un giro de guion tan inesperado como desternillante, digno de un buen ‘zasca’ del karma en toda regla. Moraleja: antes de criticar, revisa tus papeles, no vaya a ser que la vida te dé una lección de esas que no se olvidan.
