
Madre mía, la que estuvo a punto de liar David Lunt. Este señor de Skegness, en Lincolnshire, Reino Unido, ha demostrado que la suerte no solo llama a tu puerta, sino que a veces se esconde en tu cocina durante mes y medio sin que te enteres. La cosa es que David, un tipo con el que cualquiera se tomaría una caña, compró un rasca y gana que resultó ser la bomba: 200.000 libras esterlinas (al cambio, unos 237.000 euros, ¡casi nada!). El problema es que David no es un experto en descifrar jeroglíficos de lotería. Cuando revisó el cartón, juraría que solo ponía «dos libras». ¡Dos!
Así que, ¿qué haces con un billete premiado con dos miserables libras? Pues lo guardas sin mucho glamour. David lo metió en un armario de la cocina, entre los trastos, durante unas seis larguísimas semanas. Imagina la escena: 200.000 libras durmiendo la siesta junto a las especias caducadas. Si la fortuna pudiera hablar, habría estado gritando en silencio durante todo ese tiempo.
La historia podría haber terminado con el billete en el vertedero, en el olvido total, pero por suerte, David tuvo un momento de iluminación justo antes de mandarlo todo al cubo de la basura. Se le ocurrió revisarlo una vez más, quizás para asegurarse de que esas dos libras existían. Y ahí es donde la cosa se puso épica. Al escanearlo correctamente en la máquina de la tienda, la pantalla le gritó: «¡200.000 LIBRAS!».
Nuestro amigo David se quedó petrificado, pensando que era una broma de mal gusto o que la máquina estaba estropeada. Pero no, era real. Pasó de tener dos libras para un café a ser casi 200.000 libras más rico. El shock fue tal que, según cuenta, la adrenalina le recorrió el cuerpo. Él mismo declaró que, si lo hubiese tirado, habría sido «la peor pérdida de la historia de los rascas».
¿Y qué hace uno con tal pastizal después de tamaño susto? Pues David es práctico. Ha dicho que, antes de liarse con viajes exóticos, necesita poner orden en casa. El dinero irá destinado a arreglar el tejado, comprar muebles nuevos para el jardín (¡que es muy de británico!) y, por supuesto, ayudar a su familia. Una lección de vida: revisa dos veces tus rascas. No vaya a ser que la fortuna esté echando la siesta en tu despensa.
