El acusado de asesinato en Toronto solo quería dar una lección educativa

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La escena es Toronto, el escenario un tribunal, y la estrella de esta función dramática es un acusado con una explicación que raya en lo pedagógico. Imaginen la cara del jurado cuando escucharon la defensa de un hombre que se enfrenta a cargos de asesinato: «Yo no quería matarle, solo estaba intentando darle una lección». Vamos, que en el temario judicial de este señor, el homicidio es un efecto secundario de la tutoría intensiva.

El drama comenzó cuando el acusado decidió tomarse la justicia por su mano. Al parecer, la víctima estaba dedicándose al noble arte de molestar y acosar a las compañeras de piso del imputado. En lugar de llamar a las autoridades o, ya puestos, aconsejarle un poco de terapia de gestión de la ira, nuestro protagonista decidió que lo mejor era emplear el método educativo más antiguo del mundo: la violencia física extrema.

Según su testimonio, el objetivo era simple: intimidar al acosador, dejar claro que ese comportamiento tenía consecuencias y que los acosos no salen gratis. El problema es que, cuando el puño se convierte en corrector de exámenes y la «lección» resulta en una paliza tan brutal que la víctima termina falleciendo, la cosa deja de ser un correctivo y pasa directamente a ser un problema legal de primer orden.

Es importante recordar que estamos hablando de un juicio por asesinato. Y aunque el acusado admite haber participado en la agresión, la clave de su defensa reside en la intención. Él alega que la mente del agresor no estaba puesta en la aniquilación, sino simplemente en la amonestación severa. Una defensa que, siendo sinceros, es tan innovadora como peligrosa. La próxima vez que alguien se ponga pesado, quizás sea mejor enviarle a detención… o simplemente bloquearle en redes. Las «lecciones» de este tipo salen muy caras en el juzgado.