
Agárrense que vienen curvas, o más bien, una historia con moraleja y un toque de comedia negra. Tenemos a Joseph Buddenberg, un activista por los derechos de los animales que, en 2013, decidió ser el Robin Hood de los visones. Su plan: liberar a unos 500 de una granja de pieles en South Jordan, Utah. Suena noble, ¿verdad? Pues la cosa no salió precisamente como en las películas de Disney.
Resulta que estos visones, criados en cautividad, no tenían ni idea de cómo apañárselas en el salvaje y hostil mundo exterior. Lo que debía ser un «¡corred libres!» se convirtió en un «¡ay, qué hago ahora!». Muchos acabaron atropellados en la carretera, otros fueron víctimas de depredadores y una buena parte, simplemente, murió de hambre. El «rescate» se transformó en una carnicería para los mismos animales que Buddenberg quería salvar. ¡Vaya por Dios, qué ironía!
Y, como era de esperar, la justicia estadounidense no se quedó de brazos cruzados. Buddenberg, de 31 años, se encontró con una condena de 90 días en la cárcel y, atención al dato, ¡400.000 dólares en indemnización! ¿El cargo? Conspiración para violar la Ley de Terrorismo Empresarial Animal. Sí, como lo oyen, «terrorismo» por una acción que, en su mente, era pura compasión animal. De héroe a terrorista en un abrir y cerrar de ojos, ¡eso sí que es una caída!
No fue el único en esta cruzada. Otros activistas implicados en esta y otras «liberaciones» similares en granjas de Idaho y Wyoming también pasaron por el calabozo. Por ejemplo, Nicole Kissane, que se llevó 21 meses de prisión, o Kevin Olifson y William Viehl con sus respectivas condenas. Parece que el sector de las granjas de pieles estaba viviendo su propio Apocalipsis particular gracias a este tipo de acciones, que más que liberaciones, parecían un sabotaje con efectos secundarios desastrosos para los animales.
El fiscal fue bastante claro al respecto: «Este acusado causó un daño financiero devastador a las víctimas y provocó el sufrimiento y la muerte de miles de animales que fueron liberados para valerse por sí mismos sin ninguna posibilidad de supervivencia». El juez, por su parte, añadió que las acciones causaron daño no solo a la granja, sino también a los propios animales. Un doble varapalo para Buddenberg, que vio cómo su buena intención se le giraba como un calcetín.
Curiosamente, su abogado intentó defender que no había intención de causar daño, pero que «los medios no siempre justifican los fines». Y el propio Buddenberg, en una declaración un tanto peculiar (seguramente fruto del pacto judicial para evitar una condena mayor), afirmó que haría todo lo posible para evitar futuros daños a los intereses de la agricultura animal. Aunque, al mismo tiempo, mantenía su creencia de que «los animales tienen derecho a vivir libres de la explotación humana». Un auténtico dilema moral y legal, ¿eh? Es como querer adelgazar comiendo patatas fritas.
Así que, lo que empezó como un intento de heroísmo animalista, terminó con visones muertos, granjeros con pérdidas millonarias y un activista entre rejas. Una lección agridulce sobre el activismo y la cruda realidad de la vida salvaje (o la falta de ella para los visones domésticos). A veces, las buenas intenciones, sin un plan bien pensado, pueden salir rematadamente mal y dejarnos con una historia para el recuerdo, pero no precisamente por su final feliz.
