Hay deseos que, con la edad, en lugar de apagarse, parece que arden con más fuerza. Y si no, que se lo digan a nuestro protagonista de hoy: un señor alemán de 81 años con una misión muy clara en la vida, o al menos, en esa semana en concreto. Su objetivo era una escapada al legendario barrio rojo de Hamburgo, el Reeperbahn, un lugar de luces de neón y promesas nocturnas.
Imagínate la escena en la residencia de ancianos. Mientras unos juegan al bingo y otros ven la tele, nuestro hombre tramaba su gran aventura. El plan, sin embargo, se topó con un obstáculo insalvable: su esposa, de 79 años, que se negó en rotundo a acompañarle en semejante periplo. Y claro, sin su pareja de baile, la residencia le denegó el permiso.
¿Qué hace un hombre cuando sus sueños de juerga se ven truncados? Pues, si eres este señor, la respuesta es clara: pasar al plan B, que consistía en una rabieta de proporciones bíblicas. Ni corto ni perezoso, decidió que si él no iba a sentir el calor de Hamburgo, todos iban a sentir el calor en la residencia. Y así, procedió a prenderle fuego a la cama de su mujer. Sí, has leído bien. A la cama de su esposa.
Afortunadamente, el drama no pasó a mayores. El fuego fue sofocado rápidamente por el personal, pero el susto no se lo quitó nadie. El balance final fue de tres personas atendidas por inhalación de humo —la pareja y un cuidador— y unos daños materiales que ascienden a la nada despreciable cifra de 10.000 euros.
La policía, que no daba crédito, detuvo al octogenario bajo sospecha de incendio provocado. Un portavoz de las autoridades, tirando de ironía fina, describió el móvil del crimen como un ‘deseo ardiente’ de visitar el Reeperbahn. Desde luego, ardiente fue, aunque no de la manera que él esperaba. Una historia que demuestra que la edad es solo un número, pero el sentido común, a veces, también.




