
Imagínate la escena: el mundo se paraliza, los aeropuertos se convierten en aparcamientos gigantes de aviones y, de repente, Estados Unidos se queda incomunicado… postalmente hablando. Sí, como lo oyes. En un giro de guion digno de una comedia de enredos, el Servicio Postal de Estados Unidos (USPS) vio cómo, de la noche a la mañana, una veintena de países le colgaban el cartel de ‘cerrado por falta de transporte’.
La culpa de todo la tuvo la drástica reducción de vuelos comerciales internacionales durante la pandemia. Resulta que el correo no viaja en primera clase con su propio avión privado; aprovecha el hueco en las bodegas de los vuelos de pasajeros. Sin turistas ni ejecutivos cruzando el charco, no había aviones. Y sin aviones, pues las cartas de la abuela, las postales de las vacaciones y los paquetes se quedaron compuestos y sin novio en los almacenes de medio mundo.
La lista de países que le dieron plantón al Tío Sam no era corta: un total de 22, incluyendo a potencias europeas como España, Suiza, Suecia o Irlanda. Básicamente, si querías enviar un paquete a Nueva York desde Madrid en aquella época, tenías un problemón. El USPS tuvo que admitir públicamente que su servicio estaba ‘degradado’, que es la forma elegante de decir ‘esto no funciona’.
Así que, mientras el mundo se adaptaba a las videollamadas, el servicio de correos más potente del planeta se enfrentaba a un problema casi decimonónico: no tenía cómo mover el papel de un continente a otro. Una de esas curiosas consecuencias que nadie vio venir y que demuestra que, a veces, la infraestructura global es más frágil de lo que parece. Afortunadamente, fue una suspensión temporal, pero nos dejó una anécdota para la historia de la logística.
