Dos texanos, una isla caribeña y un plan de invasión de película

Dos texanos, una isla caribeña y un plan de invasión de película
Un tribunal de Texas ha imputado a dos hombres, Barry W. Duguay y Paul R. Tibbets, por un rocambolesco plan para invadir la isla caribeña de Dominica. Pretendían derrocar su gobierno, reinstaurar a un exprimer ministro y, para ello, contactaron con agentes federales encubiertos en busca de armas y mercenarios. Una trama que parece sacada de un guion de cine de serie B.
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Agarraos fuerte, que la historia de hoy suena a guion de cine de serie Z, pero es más real que el tiempo en España. Resulta que en el corazón de Texas, donde uno esperaría encontrarse con rodeos, barbacoas y sombreros vaqueros, dos caballeros con ambiciones un tanto… desorbitadas, decidieron que el mundo era demasiado pequeño para sus sueños. Hablamos de Barry W. Duguay, de 59 años y de Garland, y Paul R. Tibbets, de 47 y de Rockwall. Sus aspiraciones no eran precisamente ganar la lotería ni montar el rancho más grande del estado, no. Estos dos visionarios estaban empeñados en ¡invadir un país caribeño!

Sí, habéis leído bien. La isla elegida para esta gesta, más propia de piratas de antaño que de señores de Texas, era Dominica. Una joya del Caribe de unos 73.000 habitantes, ajena a que dos mentes maestras tejían un plan para poner patas arriba su gobierno. ¿El objetivo? Reinstaurar ni más ni menos que a Patrick John, un exprimer ministro que, por lo visto, tenía a sus seguidores con ganas de volver al poder, aunque fuera a golpe de ‘coup d’état’.

El ‘magnífico’ plan de Duguay y Tibbets era de esos que no tienen ni pies ni cabeza, pero sí mucha voluntad (y quizá demasiada película vista). Su estrategia pasaba por reclutar mercenarios, adquirir un arsenal digno de una pequeña guerra y, por supuesto, financiarse para que todo este tinglado saliera adelante. Y aquí es donde la cosa se pone aún más surrealista.

Para poner en marcha su operación, nuestros dos intrépidos texanos se reunieron con unos supuestos ‘proveedores’ en Garland. Estos proveedores, que olían a chamusquina desde lejos, resultaron ser ni más ni menos que agentes federales encubiertos del FBI y el IRS, que se hicieron pasar por traficantes de armas y blanqueadores de dinero. ¡Qué casualidad! En esas reuniones de alto secreto (o de puro disparate), se discutió hasta el último detalle: desde la necesidad de un barco pequeño para la invasión, pasando por rifles automáticos, escopetas, pistolas, munición, uniformes y hasta chalecos antibalas. Vamos, que iban a ir a la guerra con el equipamiento completo, aunque sin un ejército real, ni experiencia militar, ni, por lo que parece, dos dedos de frente.

También se habló de la necesidad de «reclutar y entrenar a las fuerzas de invasión», cuyo objetivo sería tomar edificios gubernamentales y arrestar a los altos cargos, incluido el primer ministro en funciones. La cosa prometía ser tan desastrosa como un lunes por la mañana.

Para sellar el trato, Duguay y Tibbets entregaron 7.500 dólares en efectivo a los agentes encubiertos, una especie de señal para el alijo de armas que les ayudaría a derrocar el gobierno de Dominica. Por supuesto, ese dinero fue a parar a manos de la justicia, no a un arsenal clandestino.

El final de esta aventura, como era de esperar, no fue con desfiles de victoria en Dominica. En lugar de eso, nuestros héroes patrióticos (o, mejor dicho, nuestros aspirantes a villanos de opereta) fueron formalmente acusados de conspiración para cometer un delito contra un gobierno extranjero, conspiración para poseer armas de fuego en la comisión de un crimen violento, conspiración para la exportación ilegal de armas de fuego y conspiración para blanquear dinero. Las penas podrían ser tan largas como un discurso político: hasta 20 años de cárcel por cada conspiración.

Así que, la próxima vez que penséis en montar un plan de dominación mundial (o regional), recordad la historia de Barry y Paul. Porque, a veces, los sueños más grandes se desvanecen ante la cruda realidad de que el FBI está a la vuelta de la esquina, con ganas de invitarte a una charla… en los calabozos.