
¿Alguna vez te has levantado pensando ‘hoy voy a invadir un país’? Pues dos señores de Texas lo hicieron, y no, no estamos hablando de una película de serie B, sino de la vida real. Agárrense que vienen curvas, porque la historia de Papa Faal y Cherno Njie es de esas que te hacen dudar si el mundo es un guion de comedia absurda.
Estos dos, con más entusiasmo que sentido común, decidieron que el dictador de Gambia, Yahya Jammeh, ya había durado bastante. Y claro, ¿quién mejor para derrocar a un presidente africano que un sargento retirado del ejército de EE.UU. y un empresario tejano? Así, entre barbacoas y rodeos (quizás no, pero la imagen mental es gloriosa), orquestaron un golpe de estado a la gambiana, pero con acento tejano.
La cosa empezó en agosto de 2014. No se trataba solo de un par de locos, sino de una conspiración en toda regla, con exiliados gambianos de Estados Unidos y Europa poniendo su granito de arena, y su dinero. Faal, el de la experiencia militar, se encargó de las compras: ni más ni menos que rifles semi-automáticos M4 y munición a tutiplén. Porque si vas a invadir un país, que no te falte un buen arsenal, ¿verdad?
Con el equipamiento listo y el espíritu aventurero por las nubes, Faal se subió a un avión rumbo a Gambia, cargado con las armas del ‘cambio’. La idea era simple (demasiado, quizás): usar ‘tácticas militares’ para tomar el palacio presidencial de Banjul y, de paso, algunas barracas del ejército y puntos clave. Esperaban ser recibidos por una legión de aliados armados, listos para unirse a la causa.
Pero la realidad, como suele pasar, tenía otros planes. Cuando llegó el fatídico 30 de diciembre de 2014, el gran día del golpe, la épica se transformó en un sainete. En lugar de un ejército de liberación, se toparon con un puñado de soldados gambianos. ¡Ups! La expectativa era una cosa, la cruda verdad, otra.
Se lio la manta a la cabeza y empezó un intercambio de disparos. Faal, que iba en primera línea, pronto se dio cuenta de que su munición no era infinita y, en un momento de lucidez (o pánico), decidió que lo mejor era echar a correr. Se escondió como pudo, fue capturado, interrogado y, para su asombro, ¡liberado! No se lo pensó dos veces y voló de vuelta a EE.UU., donde, lógicamente, le confesó toda la surrealista aventura al FBI. Normal, ¿quién no querría compartir semejante anécdota?
Mientras tanto, Cherno Njie, el otro cabecilla y el que iba a ser el líder interino post-golpe, se la jugó bien, quedándose en Senegal durante la operación. Al final, ambos fueron acusados formalmente por violar la Ley de Neutralidad, entre otros cargos. Y es que, por mucho que te apetezca derrocar a un tirano, no puedes ir por el mundo invadiendo países ajenos sin que el gobierno de tu propio país se mosquee un poquito.
Así termina la historia de dos texanos que querían jugar a ser liberadores y acabaron siendo protagonistas de una de las tramas más rocambolescas que uno pueda imaginar. Un claro ejemplo de que, a veces, las ganas no son suficientes y que para montar un golpe de estado, quizás hace falta algo más que un puñado de rifles y un billete de avión a Gambia.
