
¡Atención, amantes del arte callejero y del humor absurdo! En Mount Gambier, Australia del Sur, se ha desatado un drama que bien podría ser la trama de una comedia de enredos. Una mujer de 40 años ha sido formalmente acusada de nada menos que diez cargos de «daños criminales». ¿Su terrible fechoría? Ni grafitis, ni destrozos de mobiliario urbano, ni coches quemados… ¡sino pegar ojos saltones de plástico en propiedades del ayuntamiento!
Imagina la escena: paseas por la ciudad y, de repente, una estatua de aspecto serio te guiña un ojo, un cartel de tráfico te mira con extrañeza o una instalación artística te observa con una mirada juguetona. Eso es exactamente lo que los habitantes de Mount Gambier han estado experimentando durante meses, gracias a la creatividad (y el pegamento) de esta anónima artista. Desde estatuas hasta señales de tráfico y obras de arte público, todo era susceptible de recibir su particular «toque» ocular. Lo que para muchos era una ocurrencia divertida y un soplo de aire fresco en la monotonía urbana, para otros, en especial para el ayuntamiento, era un problema.
La policía, que parece haber tomado este asunto con una seriedad digna de un caso de guante blanco, ha investigado lo que consideran una serie de actos vandálicos. Según sus pesquisas, la acusada estuvo activa durante varios meses, repartiendo alegría (y ojos saltones) por toda la ciudad. La «broma», según el Consejo de Mount Gambier, no solo genera un coste de limpieza –ya que retirar los dichosos ojos requiere personal y tiempo–, sino que además, ¡cuidado!, podría suponer un riesgo para la seguridad pública si los objetos quedan dañados. Sí, habéis leído bien: ¡riesgo para la seguridad pública por unos ojos saltones!
Finalmente, la mujer fue arrestada en octubre y posteriormente puesta en libertad bajo fianza. Su aventura artística culminará en los tribunales el próximo mes de noviembre, donde tendrá que enfrentarse a la justicia por convertir, quizás sin pretenderlo, a Mount Gambier en la capital mundial de los objetos inanimados con vida propia. Sin duda, este caso abre un debate fascinante: ¿dónde está la línea entre una broma inofensiva, una expresión artística peculiar y un auténtico delito? Mount Gambier tiene ahora un ojo puesto en la respuesta.
