
¡Atención, misteriófilos y amantes de lo inexplicable! Durante más de un siglo y medio, los habitantes de la región de los Finger Lakes en Nueva York han estado alucinando con un fenómeno acústico de lo más peculiar: unos estruendos que sonaban como cañonazos y que emergían, de forma intermitente, del mismísimo lago Seneca. Estos ruidos, bautizados como los “Seneca Guns” (los Cañones de Seneca), eran tan potentes que hacían temblar las casas y vibrar los cristales. Y claro, sin una explicación aparente, las teorías de barra de bar iban desde pruebas militares secretas hasta, cómo no, la visita de algún amiguete de otro planeta.
Pues agarraos que viene la ciencia al rescate. Después de 150 años dándole vueltas al asunto y con los vecinos ya hartos de que el lago montara jaleo sin ton ni son, un equipo de científicos del Observatorio Terrestre Lamont-Doherty de la Universidad de Columbia se puso manos a la obra. Y no lo hicieron a lo loco, no. Desplegaron una red de hidrófonos (micrófonos submarinos, para los de la LOGSE) y sensores sísmicos por todo el contorno del lago y sus profundidades. Vamos, que le montaron un Gran Hermano con micro y todo al lago para ver qué se cocía.
El misterio, que traía a más de uno de cabeza, por fin se ha desvelado, y la verdad es que es más terrenal de lo que pensaban algunos (lo siento por los que esperaban hombrecillos verdes). Resulta que los “Seneca Guns” no son más que el resultado de pequeños terremotos, de apenas magnitud 1 o 2 en la escala Richter, que ocurren justo debajo de nuestros pies, o mejor dicho, bajo el lago. Estos minitemblores generan ondas de presión que, ni cortas ni perezosas, viajan desde las profundidades de la corteza terrestre. Al llegar al lecho del lago, estas ondas se transforman en ondas acústicas que viajan por el agua y, de ahí, saltan a la atmósfera.
Y aquí viene la parte curiosa: el propio lago actúa como una especie de altavoz gigante o, como lo llaman los científicos, una «guía de ondas». Atrapa y amplifica el sonido de esos pequeños temblores. Después, las ondas sonoras rebotan entre la superficie del lago y las capas de la atmósfera, extendiéndose y haciendo que el «¡BUM!» se escuche a lo lejos, sacudiendo ventanas y asustando a más de un pato (y a algún humano, claro).
Así que ya lo sabéis, la próxima vez que escuchéis un estruendo misterioso que parece venir de la tierra, quizás no sean fantasmas, ni misiles, ¡sino un pequeño temblor montando la fiesta! La ciencia ha hablado, y ha puesto fin a uno de los enigmas más ruidosos del estado de Nueva York. ¡Caso cerrado, y sin necesidad de Mulder y Scully!.
