Antes de que el despertador fuera barato y fiable, en Inglaterra pagabas unos peniques a la semana para que alguien viniera a aporrear tu ventana…
Suena la alarma del móvil, alargas la mano y le das cinco minutos más. En la Inglaterra de las fábricas ese trámite no lo resolvía un aparato de hojalata: lo resolvía un vecino al que pagabas por ello.
El knocker-up —o knocker-upper— fue un oficio real del Reino Unido de la Revolución Industrial: personas que cobraban unos peniques a la semana por recorrer las calles de madrugada y despertar a los obreros golpeando sus puertas y ventanas. Algunos no se iban hasta asegurarse de que el cliente estaba en pie; otros daban unos golpes y seguían. Los hubo también en Irlanda y en los Países Bajos, donde al oficio lo llamaban porder.
¿Cómo se despertaba a un obrero sin despertador?
La herramienta estrella era una vara larga y ligera, a menudo de bambú, con la que se alcanzaban las ventanas de los pisos altos sin sacar de la cama a media calle. Para las puertas de la planta baja bastaba un bastón corto y pesado. En el repertorio entraban también martillos blandos y matracas.

El oficio cuajó donde el reloj mandaba de verdad: las ciudades fabriles del norte de Inglaterra, con sus turnos, y los muelles de Londres —la misma ciudad que tuvo una colina que nadie supo explicar—, donde los horarios los imponía la marea y cambiaban cada día. Lo ejercían sobre todo hombres mayores y un buen número de mujeres —las crónicas mencionan incluso a mujeres embarazadas—, además de algún policía que redondeaba el sueldo durante la ronda de madrugada.
¿Quién disparaba guisantes secos a las ventanas?
Mary Smith, del East End londinense, es la knocker-up más recordada porque se saltó la pértiga: soplaba guisantes secos contra los cristales con un tubo de goma, a modo de cerbatana. Una fotografía del reportero John Topham la retrató apuntando a una ventana; unas fuentes la fechan en 1927 y otras en 1931. Cobraba seis peniques a la semana, y entre su clientela había estibadores de los muelles.
Seis peniques a la semana: eso costaba tener a alguien apostado bajo tu ventana antes del amanecer.
Molly Moore, a la que las crónicas señalan como su hija, siguió con el mismo método y está considerada una de las últimas knocker-ups de Gran Bretaña.

¿Y en España quién te sacaba de la cama?
Aquí el pariente más cercano fue el sereno, el vigilante nocturno que patrullaba con las llaves de los portales del barrio y cantaba por la calle la hora y el tiempo que hacía —de ese «¡Las doce y sereno!» viene el nombre del oficio—. En Badalona algunos se encargaban además de despertar a los pescadores con un código de nudos: el marinero ataba una cuerda al picaporte con tantos nudos como la hora a la que quería levantarse, y un nudo con lazo señalaba la media.
Ninguno de los dos oficios murió de golpe: los serenos aguantaron en España hasta finales de los setenta y los knocker-ups resistieron en focos de la Inglaterra industrial hasta principios de esa misma década. Un apaño tan analógico como navegar con un rollo de papel, y con el mismo final que otros oficios que borró la tecnología. Piénsalo cuando le des a «posponer» por cuarta vez: con un señor aporreando tu cristal, eso no colaba.
Vía BBC News, JSTOR Daily, Journal of Victorian Culture, Mental Floss, Infobae e Historia National Geographic.




