
¿Te imaginas que crear una aplicación para hablar con tus colegas sin que nadie os espíe te cueste una multa o incluso la cárcel? Pues en el Reino Unido, allá por 2013, estuvieron a puntito de convertir esa distopía en realidad. Y ojo, que no es una broma de mal gusto, sino una «liada parda» legislativa.
La cosa va de una ley, la dichosa «Communications Data Bill» (también conocida cariñosamente como la «Snooper’s Charter» o la Carta de los fisgones), que quería ponerle la zancadilla a todo aquel que osara desarrollar una aplicación de mensajería con cifrado robusto. Sí, como WhatsApp, iMessage, y sobre todo, Signal, la niña bonita de la privacidad.
Moxie Marlinspike, el cerebrito detrás de Open Whisper Systems y, por ende, de Signal, se llevó las manos a la cabeza (y no es para menos). Avisó de que esta normativa era una auténtica ida de olla, una pieza legislativa «draconiana» y «poco práctica». Básicamente, si eras un desarrollador con ganas de hacer las cosas bien y ofrecer privacidad a tus usuarios, la ley británica te obligaría a dejar una ‘puerta trasera’ para que el GCHQ (el centro de espionaje británico, los James Bond de la informática) pudiera meter el hocico. Si te negabas, ¡zas!, a la cárcel o una buena multa. Es decir, que crear software que proteja la privacidad pasaría de ser una buena práctica a un delito. Una paradoja de manual.
Marlinspike, con ese toque de ironía que da la desesperación, señalaba que esto no solo afectaría a los británicos. Si un ciudadano de Su Majestad creaba una app en cualquier rincón del mundo con estas características, también podría ser considerado un criminal. ¡Imagínate la que se lía! ¿Un desarrollador español de vacaciones en Benidorm que se le ocurre una idea brillante para una app de chat súper segura y de repente es buscado por la Interpol británica? Bueno, quizás no tan exagerado, pero la idea es esa: la ley tendría un alcance global, al menos en teoría, para los ciudadanos británicos.
Por supuesto, el GCHQ, ni corto ni perezoso, salió a decir que no, que no era para tanto, que no querían ilegalizar el cifrado. Que solo querían «mantener la capacidad de obtener datos de comunicaciones cuando hay un propósito legítimo y una autorización adecuada». O sea, lo de siempre: ‘confía en nosotros, que solo espiamos a los malos… y un poquito a los buenos, por si acaso’. Pero claro, la línea entre la seguridad y la vigilancia masiva es muy fina, y esta ley amenazaba con borrarla por completo.
Al final, la propuesta generó un revuelo considerable, y aunque los detalles de aquella ley en concreto se han ido diluyendo o transformando con el tiempo, la preocupación por la privacidad y el cifrado sigue siendo un tema recurrente en la agenda política y tecnológica. Pero la anécdota de que en el Reino Unido se planteó criminalizar la creación de herramientas de privacidad es de esas que te hacen levantar una ceja y pensar: ‘¿En serio?’. Sin duda, una joyita para la historia de las leyes con poca cabeza.
