
De la libertad absoluta (y algo de peligro) a la tecnología jurásica: así se vivía antes de los 90
Las generaciones más jóvenes han crecido en un mundo tecnológicamente, culturalmente y socialmente hiperconectado. Seguramente en una década miremos atrás y nos riamos de la «tecnología obsoleta» que usamos hoy, pero, por ahora, centrémonos en el pasado. Los mayores de internet han echado la vista atrás para compartir aquellas experiencias cotidianas de los años 60, 70 y 80 que a la Generación Z le parecerían auténtica locura. ¿Máquinas expendedoras de tabaco al alcance de niños? ¿Fumar en el hospital? Prepárate para un viaje en el tiempo.
La odisea de comunicarse y entretenerse
- Líneas telefónicas compartidas (Party lines): Imagina compartir tu número de teléfono con un absoluto desconocido. Si descolgabas y el vecino estaba de palique, te tocaba esperar. Nada de acaparar la línea, ¡había que ser educado!
- El teléfono de disco: Un suplicio para los impacientes.
«¿Me estás diciendo que tenías que meter el dedo en el agujero y girarlo hasta el tope cromado por cada puñetero número de teléfono? ¿Y que hicisteis eso durante años hasta que se inventaron los botones?»
Así de asombrados se quedan los jóvenes de hoy.

- Saber la hora por teléfono: Si se iba la luz tras una tormenta y tus relojes se desconfiguraban, podías marcar una palabra mágica en el teléfono (como ‘POPCORN’) y una grabación automática te decía la hora exacta del día o la noche.
- Disquetes hasta para respirar: Para usar un ordenador, necesitabas introducir un floppy disk diferente por cada programa que quisieras abrir. Sin él, solo te enfrentabas a una pantalla negra con un inquietante ‘C>’ parpadeando.

- Piratería a la antigua usanza: La gente colaba inmensas videocámaras al cine para grabar la película entera y vender cintas de contrabando. El audio era atroz y siempre se colaban siluetas oscuras de personas levantándose para ir al baño en la pantalla.
Un mundo donde fumar y llevar armas era «lo normal»
- Escopetas en el instituto: Hoy en día es algo aterrador, pero en los años 60, los adolescentes iban por el pueblo con escopetas al hombro tras salir de clase.
«En el parking del instituto, todas las camionetas tenían un soporte para rifles, normalmente con dos escopetas a la vista, y nadie se escandalizaba», comenta un usuario que añade que, por suerte, las cosas han cambiado.

- Fumar en la habitación del hospital: Sí, has leído bien. Mientras te recuperabas de una intervención, podías encenderte un cigarrillo plácidamente en la cama sin que ningún médico te echara la bronca.
- Cigarrillos de cortesía en los aviones y golosinas para niños: Las aerolíneas te regalaban cajetillas de cuatro cigarros. ¡Incluso los niños tenían su versión! Compraban cigarrillos de azúcar con la punta pintada de rojo para parecer adultos en el recreo.

- Expendedoras de tabaco al alcance de cualquiera: Por solo 35 centavos de dólar, metías la moneda en la máquina y esta te devolvía tu cajetilla y, de regalo, un par de céntimos brillantes de cambio en el mismo paquete.

El día a día: servicios VIP y costumbres que ya no existen
- Ascensoristas humanos: En los años 50 y 60, apenas había escaleras mecánicas en los grandes almacenes, así que los ascensores tenían a una persona contratada exclusivamente para accionar las palancas y llevarte de un piso a otro.
- Gasolineros que te mimaban el coche: Nadie se bajaba a repostar ni se ensuciaba las manos. Un empleado uniformado de la gasolinera te llenaba el depósito y, mientras esperabas, te lavaba los cristales.

- Cheques en blanco al portador: En los mostradores de los bancos había cheques totalmente en blanco que cualquiera podía coger. Lo rellenabas con tu nombre y la cantidad, ¡y listo! Poco a poco terminaron prohibiendo su uso.
- Pagar por ir al váter: Una auténtica pesadilla si tenías urgencia. En aeropuertos y estaciones, la puerta de cada retrete tenía una ranura blindada para monedas.
«Una vez tuve 5 minutos para hacer pis y 3 dólares en el bolsillo, pero el váter exigía una moneda de 10 centavos. Me tocó hacer 10 minutos de cola en atención al cliente para que me dieran cambio», recuerda un usuario.

- Hacer autostop en pareja: Antes de que existieran aplicaciones de transporte, la gente iba de un punto a otro de la ciudad sacando el pulgar en la carretera. Se recomendaba, eso sí, ir de dos en dos para evitar disgustos.

- Niños en libertad condicional todo el día: Salías de casa por la mañana y no volvías hasta la hora de cenar. Ningún adulto sabía dónde estabas, qué estabas haciendo ni si seguías entero. Sin móviles para localizarte, la confianza (o despreocupación) era absoluta.
Compras, ocio y un coste de vida de risa
- Las famosas fiestas de Tupperware y Avon: Era el evento social por excelencia. Una comercial iba a tu casa a hacer una demostración de táperes, cosméticos o lencería a tus amigas del barrio. Si la gente compraba suficiente cantidad, la anfitriona se llevaba montañas de artículos gratis.

- Sobrevivir a los trabajos escolares a ciegas: Antes de que apareciera Google, si elegías un tema muy específico para un trabajo y la biblioteca de tu colegio no tenía un libro sobre eso en sus pesadas enciclopedias, literalmente te quedabas sin nota. ¡Una auténtica lotería!
- Clases de mecanografía en serio: Aprendías a golpear teclas de verdad en máquinas de escribir monstruosas. Te evaluaban en función del número de palabras por minuto y, por supuesto, por los errores cometidos en el papel.

- Volar a mitad de precio por ser joven: Las aerolíneas trataban a cuerpo de rey a los estudiantes, ofreciéndoles un 50% de descuento en los billetes de avión. Por si fuera poco, las maletas facturadas eran completamente gratuitas.
- Caza de tesoros en las cunetas: Era muy común que los niños caminaran por los arcenes recogiendo botellas de cristal vacías de cerveza o refresco. Luego las llevaban a la tienda local a cambio de un par de céntimos por casco. Con eso eran ricos: un buen helado costaba menos de 10 céntimos.
- Entradas de conciertos a 20 dólares en el súper: Te acercabas al mostrador de atención al cliente de los grandes almacenes de tu ciudad y te comprabas la entrada física para ver a los grupos más grandes del mundo por la irrisoria cifra de 20 pavos.
Desde luego, los tiempos cambian. Aunque algunas de estas costumbres nos parezcan hoy una barbaridad o un evidente peligro para la salud pública, forman parte imborrable de la historia moderna. ¿Qué hábito obsoleto echas más en falta? Nosotros nos quedamos con el equipaje gratis y las entradas de conciertos baratas.
