Cada generación tiene la firme creencia de que la siguiente es de cristal y que la anterior estaba, simple y llanamente, mal de la cabeza. Pero si nos ponemos a escarbar en los recuerdos de quienes fueron al colegio en las décadas de los 60, 70 y 80, nos damos cuenta de que sobrevivir a la etapa escolar era casi un deporte de riesgo.
Hemos recopilado algunas de las experiencias más surrealistas compartidas por antiguos alumnos que, vistas con los ojos de hoy, te harán preguntarte cómo es posible que llegaran a la edad adulta de una pieza.
Las locuras cotidianas de la educación vintage
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El castigo de cumpleaños definitivo
Olvídate de llevar una tarta para compartir con tus compañeros. En los años 70, si era tu cumpleaños, toda la clase te cantaba y, acto seguido, aparecía el director con su paleta de azotar. Te daba tantos azotes como años cumplías, usando una herramienta de madera con agujeros «para maximizar el efecto». ¡Felicidades!
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Cinta aislante para el gracioso de la clase
A finales de los 70, lidiar con el típico «payaso de la clase» era muy sencillo. La maestra simplemente le cruzaba un buen trozo de cinta adhesiva por la boca para mantenerlo callado.
«Nadie se quejó nunca, ni se informó a los padres ni a los profesores»
, relata un antiguo alumno aliviado de no haber sido la víctima.
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Fumadores adolescentes y profesores chimenea
Hoy en día te enfrentas a una expulsión si te pillan con un vaper, pero en 1968 los institutos tenían patios abiertos para fumar. Entre clase y clase, adolescentes de todas las edades se agolpaban para echar un pitillo rápido. Incluso los profesores fumaban en el aula; algunos veteranos de guerra tenían el cenicero en el escritorio y encendían un cigarro tras otro mientras daban la lección.
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El laboratorio de ciencias: peligro mortal
La clase de química era toda una aventura digna de un equipo de materiales peligrosos. En 1971, un profesor volcó a propósito un tubo de ensayo lleno de mercurio en el suelo del aula para enseñar sobre «tensión superficial». Los niños se pasaron una hora persiguiendo el metal tóxico por las baldosas. Por si fuera poco, otro profesor en los 80 calentaba las sobras de las hamburguesas de la cafetería sobre cuadrados de amianto en los mecheros Bunsen para merendar. ¡Sano y nutritivo!
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Dejando la escopeta en dirección
En las zonas rurales de los años 50 y 60, ir a cazar antes de ir al colegio era lo más normal del mundo. Un alumno recuerda a un compañero que, antes de entrar a clase, pasaba por el despacho del director a dejar su escopeta aparcada hasta la hora de salida. En Texas, los aparcamientos del instituto estaban llenos de camionetas con rifles a la vista y a nadie le importaba lo más mínimo.
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La rebelión de los pantalones
Las chicas no tenían permitido usar pantalones en el colegio, debían ir siempre en falda o vestido. En invierno, muchas desafiaban las normas llevando pantalones de pana o de campana debajo de las faldas. Cuando por fin se permitió su uso en algunas zonas, una pionera de quinto grado llegó orgullosa con sus pantalones nuevos. ¿La reacción de la profesora? Obligarla a ponerse en la fila de los chicos por ir «vestida como un hombre».
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El simulacro de ataque nuclear
Durante la Guerra Fría y la crisis de los misiles, la amenaza nuclear estaba a la orden del día. El infalible plan de supervivencia del colegio consistía en salir al pasillo, sentarse de espaldas a la pared y ponerse las manos sobre la cabeza, o simplemente esconderse debajo del pupitre de madera si veían un destello brillante. Como dice un superviviente:
«Todos los niños sabíamos que ese pupitre no nos iba a salvar la vida. Era una mentira.»
Desde luego, los tiempos han cambiado. Aquellas décadas nos dejaron anécdotas que hoy parecen sacadas de una película de humor negro, pero que forjaron a unas generaciones que pueden decir con mucho orgullo: «Yo sobreviví a mi colegio».




