La cueva que gemía y enmudeció cuando le pusieron una escalera

En California hay una cueva que gemía sola. Le montaron dentro una escalera de caracol para poder enseñarla al público y el lamento se apagó del todo…

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En California hay una cueva que gemía sola. Le montaron dentro una escalera de caracol para poder enseñarla al público y el lamento se apagó del todo…

Imagina una cueva que gime. No es una metáfora: de la boca de una caverna del condado de Calaveras, en California, salía un lamento grave y continuo que se oía desde fuera. Así la describían ya los primeros que bajaron, a mediados del siglo XIX.

Moaning Cavern —«la caverna que gime»—, junto a la localidad de Vallecito, debe su nombre a ese sonido. En 1922 le instalaron dentro una escalera de caracol de acero para poder enseñarla al público, y el gemido se apagó.

Escalera de caracol metálica iluminada que sube por la sala de Moaning Cavern entre coladas de calcita y estalactitas
La escalera de caracol, vista desde el fondo de la sala. Foto: PoppyBurrows, CC BY 4.0.

¿Por qué gemía la cueva?

El agua lleva siglos cayendo gota a gota sobre una colada de calcita del interior y ha ido excavando en ella unos huecos con forma de botella. Cuando la botella no está llena, cada gota que entra suena hueca, y la cueva de alrededor hace de caja de resonancia. En inglés los llaman moaning holes: literalmente, los agujeros que gimen.

Es la explicación que dan hoy los gestores de la cueva y la literatura espeleológica, aunque varias guías de viaje y la prensa local siguen atribuyendo el lamento a las corrientes de aire. La caja de resonancia, en todo caso, es descomunal: desde la entrada hasta el suelo de la sala principal hay unos 50 metros de caída, y el recinto presume de que ahí dentro cabría la Estatua de la Libertad sin el pedestal.

Gran colada de calcita en forma de cascada de piedra junto a la estructura metálica negra de la escalera de Moaning Cavern
Una de las coladas de calcita de la cueva, con la estructura de la escalera a la izquierda. Foto: UnifiedFunctionality, CC BY-SA 3.0.

¿Cómo se quedó muda?

Unos mineros del oro bajaron a ella en 1851, no dieron con ninguna veta y la cueva quedó olvidada casi setenta años. Hacia 1920 unos vecinos compraron el terreno y le vieron el negocio: al fondo se bajaba en un cubo de mina colgado de un torno, con velas o lámparas de aceite de ballena por toda luz, el mismo apuro que otros resolvían hace 14.400 años con ramitas de pino ardiendo.

En 1922 llegó la obra seria: una escalera de caracol de acero de unos treinta metros y 144 escalones, hecha —según la empresa que explota la cueva— con chatarra del casco de un acorazado de la Primera Guerra Mundial. Ninguna fuente independiente lo documenta ni nombra el barco, aunque reaprovechar material de otra obra tiene precedentes ilustres. Lo que sí está claro es el efecto.

La obra que abrió la cueva al público fue la misma que le quitó la voz.

Del porqué hay más de una versión: escombros metidos en los agujeros que gemían, el ensanchamiento de la boca y el centro de visitantes de 1924, que acabó cubriendo las aberturas. El resultado fue el mismo: silencio.

¿Se puede oír hoy el gemido?

Dentro, a veces. En los años setenta se limpiaron de escombros los huecos y el sonido reapareció, pero no de continuo: los propios gestores admiten que solo suena en ciertas épocas del año, cuando el agua de esas botellas de piedra baja lo suficiente. Oírlo es cuestión de suerte.

Fuera, no. La acústica quedó tocada y el lamento ya no llega a la superficie. Hay ruidos hechos para durar —un concierto alemán lleva sonando desde 2003 y está programado para 639 años—, y luego está esta cueva, a la que le devolvieron media voz a cambio de poder enseñarla.

Vía Atlas Obscura, con datos de Show Caves of the World, Calaveras Enterprise, la historia y las visitas de Moaning Caverns y Wikipedia. Portada: ilustración generada con IA.