
Imagínate un Londres o una Nueva York de hace un par de siglos. La ciencia avanzaba a pasos agigantados, especialmente la medicina, y para entender cómo funciona el cuerpo humano, había una necesidad imperiosa: ¡cadáveres! Pero claro, no era tan fácil como ir al súper a por uno. Y aquí es donde entra en escena una ‘profesión’ de lo más peculiar y, francamente, un pelín creepy: los ‘resurrectionists’, conocidos popularmente como ‘body snatchers’ o, en cristiano, ¡ladrones de cuerpos!
Entre el siglo XVIII y principios del XIX, la demanda de cadáveres frescos para las disecciones anatómicas en las escuelas de medicina se disparó. El problema era que la ley no era muy generosa con el suministro: solo se permitía utilizar los cuerpos de criminales ejecutados, y sinceramente, no había suficientes asesinos para cubrir todas las clases de anatomía. ¿La solución? Unos tipos con pocos escrúpulos, muchas palas y nocturnidad.
Nuestros ‘resurrectionists’ no eran precisamente unos finolis. Se dedicaban a desenterrar los cuerpos de los recién fallecidos para vendérselos, a veces a escondidas, a los anatomistas. Y ojo, que no es que los tipos fueran unos salvajes; operaban con cierta ‘profesionalidad’. Tenían sus herramientas, sus rutas y sus ‘clientes’ fijos. Era un negocio lucrativo, y algunos hasta se hicieron un nombre (o más bien una reputación) en el mundillo.
Lo más curioso es que, al principio, la ley era un tanto vaga. Robar el cuerpo en sí no era un delito tan grave como robar la ropa o los objetos de valor que pudiese llevar el difunto. ¡Así que estos ‘emprendedores’ se aseguraban de dejar la mortaja y cualquier joya para evitar problemas mayores! Unos auténticos estrategas del crimen.
Evidentemente, esta práctica no sentaba nada bien a la población. Imagínate el pánico: ¿enterrar a tu ser querido para que al día siguiente un tipo con malas pintas lo desentierre y lo venda al mejor postor para que lo troceen en una clase de anatomía? La gente no se lo tomó a risa. Surgieron las ‘mortajas de seguridad’ (mortsafes), unas jaulas de hierro que protegían las tumbas, y hasta ‘casas de vigilancia’ en los cementerios con vigilantes armados. ¡La seguridad en los camposantos era de nivel máximo!
Pero, como todo en esta vida, el negocio de los ‘resurrectionists’ tuvo su fecha de caducidad. En 1832, el Parlamento británico aprobó el Acta de Anatomía, que legalizó el suministro de cuerpos para la investigación médica, principalmente de personas sin reclamar de hospicios y hospitales. Otros países siguieron el ejemplo, y así, el macabro y peculiar oficio de ‘roba-muertos’ para la ciencia pasó a ser una página (bastante oscura y divertida) de la historia médica. ¡Menos mal que hoy tenemos métodos más… limpios para aprender anatomía!
