
Imagina un día cualquiera en Usk, un pueblo galés de esos donde la mayor emoción suele ser el murmullo del viento. Pues bien, la calma se fue al traste una mañana de sábado cuando la tienda ‘Crystal Enchantment’, un oasis de paz y minerales, se convirtió en el escenario de un choque de creencias que ni el mismísimo Dalai Lama se esperaba.
La protagonista de esta singular historia es Sharon Rawley, la dueña del negocio, que lleva una década ofreciendo cristales, libros espirituales y sesiones de sanación. Sharon, que se dedica en cuerpo y alma a crear un espacio de armonía, se encontró de repente con una delegación inesperada: un grupo de cristianos locales con las ideas muy claras… y nada de ganas de comprar amatistas.
Según relata Sharon, los visitantes entraron en su santuario de cuarzos y, sin rodeos, empezaron a señalar sus preciados cristales como «malignos» y «fuerzas oscuras». Como si aquello fuera poco, le informaron a la propia Sharon que ella era una «hija del diablo». Sí, has leído bien. En medio de un despliegue de inciensos y energías positivas, la acusaron de ser… ¿la elegida por el lado oscuro?
La pobre Sharon, lejos de sentirse iluminada, se quedó más bien intimidada y con el susto en el cuerpo. ¿Sus piedras, malignas? ¿Ella, una sierva del averno? Sintiéndose atacada y con sus derechos humanos pisoteados —según sus propias palabras—, no le quedó otra que descolgar el teléfono y llamar a la policía. Sí, en un pequeño pueblo de Gales, la autoridad tuvo que intervenir en una disputa… ¿teológica?
Los agentes, con la paciencia de un santo (o quizás de un buen árbitro de fútbol), acudieron al lugar. Tras escuchar ambas versiones —la de la dueña del templo de cristales y la de los cruzados de la fe—, determinaron que no había habido ningún delito. ¿La solución de los uniformados? Unas «palabras de consejo» para ambas partes. Me imagino la escena: «Mire, señora Rawley, usted siga con sus cuarzos. Y ustedes, señores, quizás la próxima vez, un debate con un café en vez de una incursión evangelizadora, ¿eh?»
Sharon, que para colmo se crió en un entorno cristiano antes de encontrar su propio camino espiritual, no daba crédito. Le parece una hipocresía que aquellos que predican el amor y la compasión juzguen tan duramente las creencias de los demás. Por suerte, sus clientes habituales y la comunidad, aunque sorprendidos, le han mostrado todo su apoyo. Porque, al final, cada uno tiene derecho a su propia chispa… ya sea de un cristal o de una fe.
