Cuando pensamos en la Cuaresma, pensamos en sacrificio, penitencia y, sobre todo, en no zamparnos ese jugoso chuletón. La prohibición de comer carne roja y de corral es un clásico que los fieles llevan a rajatabla. Pero, claro, una cosa es el fervor religioso y otra muy distinta es tener un estómago que ruge como un león hambriento. Y aquí es donde entra en juego el ingenio teológico-gastronómico de nuestros antepasados.
El dilema dietético del siglo XVII
Viajamos a la Europa del siglo XVII, o incluso antes, donde la dieta cuaresmal era estricta. ¿Qué se podía comer? Pescado. ¿Y qué no? Prácticamente todo lo demás que corriera o volara. Pero había zonas, especialmente en la costa de Canadá o en territorios explorados por franceses, donde el suministro de pescado fresco no era precisamente abundante. Y, ¡oh, sorpresa!, se encontraron con una criatura fascinante: el Gran Auk, o algunas especies similares a las que hoy llamaríamos pingüinos (aunque técnicamente no eran los mismos pingüinos antárticos, compartían el aspecto de aves no voladoras y acuáticas).
Estas aves, que pasaban la mayor parte del tiempo en el agua, se convirtieron en un punto de debate crucial para la salvación del alma y, más importante, del paladar. Los misioneros y algunos obispos se enfrentaron a un dilema: si es un pájaro, es carne prohibida. Pero si vive en el mar… ¿podríamos darle la etiqueta de «marisco»?
La jugada maestra: un ave que es ‘pescado’
Y aquí viene la magia de la interpretación. Según los documentos de la época, para evitar que la abstinencia se convirtiera en un ayuno total e insoportable, se tomó una decisión que haría sonreír a cualquier chef moderno: los pingüinos eran oficialmente clasificados como peces.
Sí, has leído bien. La lógica era, cuanto menos, estirable. Si pasa tanto tiempo en el agua y come peces, ¡debe ser un pez, o al menos lo suficientemente cercano! No olvidemos que el objetivo era poder comer algo sustancioso sin que Dios (o el Papa) se enfadase. Era una especie de «truco legal» medieval para burlar las normas dietéticas. Imagina la escena: estás en plena Cuaresma, harto de bacalao, y de repente, ¡zas!, te sirven un estofado de ave marina que, según la Iglesia, es perfectamente compatible con tu dieta piadosa.
¿Sabor a pescado o a pollo mojado?
Más allá de la hilaridad de la clasificación, la pregunta obvia es: ¿estaba rico? La respuesta histórica es un rotundo «meh». Se dice que la carne de estas aves era extremadamente grasienta y tenía un sabor intensísimo a pescado o, peor aún, a pescado rancio. Vamos, que la desesperación por saltarse las normas debió ser épica para que consideraran estos manjares acuáticos un festín. De hecho, esta artimaña no solo se aplicó a los pingüinos (o sus parientes boreales), sino también a otros animales como los castores, que en algunas regiones eran considerados «pescado» por tener cola escamosa y ser semi-acuáticos.
Así que la próxima vez que te quejes de que tienes que cenar merluza un viernes de Cuaresma, recuerda a esos pioneros que, con tal de no comer tofu histórico, se atrevieron a declarar a un ave como marisco. Una prueba más de que la fe es fuerte, pero el apetito es mucho más fuerte.




