
Preparaos, porque lo que os vamos a contar es digno de una comedia de enredos con toques judiciales. Resulta que, justo antes de las elecciones a gobernador en Nueva Jersey, la mismísima Corte Suprema del estado tuvo que meterse en un berenjenal de lo más… peculiar. ¿El motivo? ¡Los disfraces de Halloween! Sí, habéis leído bien.
Imaginaos la escena: estamos en Middlesex County, y los responsables electorales, con toda su buena intención (o eso queremos creer), decidieron que los votantes no podían presentarse en las urnas con disfraces de ‘enfermera sexy’ o, en general, ‘cualquier cosa sexy’ en un radio de 25 pies. ¡Ni de broma! Pensaban que aquello de ver a alguien disfrazado de forma ‘picante’ mientras ejerces tu derecho al voto no era apropiado.
Claro, esto no sentó bien a todo el mundo. Un grupo de padres, preocupados por la ‘inocencia’ de sus pequeños al ir a votar y toparse con un desfile de disfraces sugerentes, no se lo pensaron dos veces y presentaron una demanda. Y para sorpresa de muchos, un juez del Tribunal Superior les dio la razón, emitiendo una orden de restricción temporal. ¡Adiós a los disfraces ‘atrevidos’ cerca de las urnas!
Pero la cosa no iba a quedarse así. El fiscal general del estado, que debía estar con la agenda a tope de temas súper serios, interpuso un recurso de forma inmediata. ¿Y qué pasó? Que el Tribunal Supremo del estado, ni corto ni perezoso, le dio la razón. En una decisión de urgencia, escueta y sin firmar, el Supremo tumbó la prohibición. Argumentaron que el juez de primera instancia se había pasado de rosca e ‘interfería con los derechos constitucionales de los votantes’.
Así que, aunque reconocieron que ‘el sentido común y la cortesía deberían prevalecer’ (guiño, guiño), la libertad para elegir vestuario para ir a votar pesó más. En resumen, queridos ciudadanos de Nueva Jersey, si tenéis ganas de ir disfrazados de enfermera sexy, vampiro picarón o lo que os plazca a ejercer vuestro derecho democrático, el Supremo ha dictado sentencia: ¡adelante! La democracia tiene estas cosas, que a veces se pone un poco… surrealista. ¿Quién dijo que la política no podía ser divertida?
