Bajo un solar de Sasamón ha aparecido una cocina de época de Augusto: ollas, un horno portátil para el pan y sartenes con recubrimiento antiadherente…
En el solar de La Era, junto a la iglesia de Santa María la Real de Sasamón (Burgos), los arqueólogos han identificado una estancia de hace unos 2.000 años como una posible cocina doméstica de la antigua ciudad romana de Segisamo. Entre la cerámica apareció algo que no se espera de la Antigüedad: sartenes con un recubrimiento antiadherente. Sí, antiadherente. Lo de que el huevo no se pegue al fondo lleva veinte siglos preocupando a alguien.
¿Cómo funcionaba una sartén antiadherente romana?
Las piezas son sartenes de cerámica —patera, en la nomenclatura que usan los investigadores— recubiertas por dentro de un engobe de color rojo pompeyano. Ese revestimiento interior cumplía una función antiadherente, y así lo describe la propia nota de la Universidad de Salamanca, que habla de «recubrimientos antiadherentes».
No era teflón, claro. Pero funcionaba lo suficiente como para que esta cerámica se fabricara en Italia y se repartiera por todo el Imperio, con imitaciones locales ya desde época de Augusto.

¿Qué más había en la cocina de Segisamo?
La estancia conserva un suelo de arcilla compactada asentado sobre una cama de guijarros y los restos de un posible horno, hoy prácticamente destruido, con un potente nivel de cenizas y carbones. Alrededor salió la cerámica de trabajo: dolia —los grandes recipientes de almacenaje—, ollas, jarras, cuencos, morteros y fragmentos de un clibanus, un pequeño horno portátil que permitía cocer pan.
La campaña de 2026 ha dado además objetos que poco tienen que ver con guisar: pulseras y collares de vidrio y azabache, pendientes de bronce, cuchillos y clavos de hierro, lucernas y vajilla fina de terra sigillata itálica. El conjunto se fecha en época de Augusto y Tiberio, y la estancia se ha visto muy afectada por expolios posteriores.

¿Por qué importa una cocina sin mosaicos?
Porque es justo lo que casi nunca se excava. Lo explica José Manuel Costa-García, de la Universidad de Salamanca, que codirige el proyecto junto a Jesús García Sánchez, del Instituto de Arqueología de Mérida (IAM), centro mixto del CSIC y la Junta de Extremadura:
Tenemos una imagen un tanto idealizada de las ciudades romanas como espacios monumentalizados, pero rara vez espacios domésticos y productivos nos vamos a encontrar con mosaicos y paredes pintadas.
La arqueología doméstica suele dar mejores sorpresas que la monumental. En Serbia, la torre de un palacio imperial escondía un baño privado con tres piscinas, y en Alicante una excavadora sacó de la playa una Venus de mármol que acabó viajando en una bolsa del supermercado.
Queda un detalle. Parte de la cerámica sigue la tradición turmoga, la del pueblo prerromano que habitaba la zona antes de que Segisamo fuese una ciudad romana, y convivía en la misma cocina con la vajilla importada. Roma nunca borró del todo lo local: en Libisosa llegó a empotrar una cabeza ibérica en el muro de un granero. «Es como si estuviésemos viendo la cocina de una abuela turmoga: un poco de lo nuevo; un poco de lo viejo», bromean los investigadores.
Dos mil años después, la escena sigue siendo reconocible: el cacharro nuevo que impresiona a las visitas y, al lado, la olla de siempre, que es la que de verdad se usa.
Vía Universidad de Salamanca, La Brújula Verde y Salamanca Hoy.
Foto de portada: © José Manuel Costa-García / Universidad de Salamanca.




