Una cadena de hierro ante la puerta de una casa antigua no es decoración: puede ser la marca de que allí se alojó un rey. Y a veces daba derecho de asilo…
Paseas por un pueblo español, te fijas en una casona vieja y ves una cadena de hierro tendida entre dos postes de piedra delante de la puerta. No es para que no aparquen los carros. En muchos casos es una condecoración: esa casa alojó a un rey.
El llamado privilegio de cadenas era una merced de la monarquía española que permitía al dueño de una casa donde se había hospedado el rey colgar cadenas en su entrada. La cadena avisaba a todo el que pasaba de que aquel edificio había sido, aunque fuera unos días, residencia real.
¿Qué pasó en la Casa de la Cadena de Navalcarnero?
Uno de los casos más vistosos está en Navalcarnero, al suroeste de Madrid. El 7 de octubre de 1649, el rey Felipe IV y su sobrina, la archiduquesa Mariana de Austria, recibieron allí las bendiciones nupciales. El escenario fueron dos casas contiguas del presbítero Miguel González Ollero, apañadas como palacio para la ocasión.
Tiempo después se colocó una cadena ante la puerta y el vecindario empezó a llamarla Casa de la Cadena. El nombre ha sobrevivido al propio edificio: un grabado de 1866 ya la muestra medio en ruinas, con la cadena en su sitio.

La portada que hoy se visita en Navalcarnero es una reproducción de 1998, levantada a partir de un grabado antiguo bajo la dirección del escultor Feliciano Hernández. Delante, claro, vuelve a colgar la cadena.
¿Qué ventajas daba tener una cadena en la puerta?
Además de presumir ante los vecinos, la merced podía traer beneficios muy reales. En la Casa de las Cadenas de Corella (Navarra), donde Felipe V vivió con la corte de junio a octubre de 1711, el rey concedió a la familia Sesma la licencia para las cadenas junto con el derecho de asilo, que en la práctica permitía a quien se refugiaba allí escapar temporalmente de la justicia ordinaria.
Una cadena en la puerta podía convertir una vivienda particular en un refugio frente a la justicia ordinaria.
La costumbre duró siglos. En la Casa de las Cadenas de Miranda de Ebro (Burgos), las cadenas que cuelgan sobre las dos puertas recuerdan el paso de Fernando VII en 1828, y el año aparece en los medallones de la fachada.

¿Son de privilegio todas las cadenas de una fachada?
No. En el monasterio de San Juan de los Reyes de Toledo, los grilletes que cuelgan de los muros exteriores tienen otra historia: son de cautivos cristianos liberados durante la guerra de Granada, llevados allí en su recuerdo. Nada que ver con reyes de visita, pero el efecto de pasear bajo ellos es parecido.
Así que la próxima vez que veas una cadena ante una puerta antigua, mira bien antes de apoyarte: quizá estés ante una casa que alojó a un rey. Es un permiso tan peculiar como el del buque autorizado a izar la bandera pirata, y la historia de las casas reales da para muchas más rarezas, del oso polar de Enrique III al inventor navarro de Felipe III.
Vía Atlas Obscura, Ayuntamiento de Navalcarnero (y su página sobre la boda real), Wikipedia, Hoy Corella, Ayuntamiento de Miranda de Ebro, Toledo Monumental y COPE.




