
Agárrense que vienen curvas, y esta vez, desde el gélido Canadá. ¿Quién nos iba a decir que la geopolítica monetaria de Reino Unido tendría un giro tan… norteamericano? Pues sí, amigos, la trama se complica cuando entra en escena la mismísima Canadian English Defence League (CEDL), un grupo que, por lo visto, tiene bastante más tiempo libre del que pensábamos y unas prioridades, digamos, un tanto peculiares.
La misión de estos cruzados transatlánticos no es otra que proteger la sagrada libra esterlina de lo que ellos consideran una amenaza existencial: ¡Escocia! Sí, han leído bien. Parece ser que la aspiración escocesa de compartir la moneda británica en caso de independencia les ha quitado el sueño hasta el punto de enviar una misiva al mismísimo Mark Carney, gobernador del Banco de Inglaterra. Y aquí viene lo divertido: Carney, para quienes no lo sepan, es canadiense de nacimiento.
La CEDL ha instado a su compatriota a que rechace la ‘sin sentido’ petición de los escoceses. ¿Su argumento? Que si Escocia logra su objetivo, esto podría ‘socavar la integridad’ del dinero inglés. Imagínense el pánico: la libra, esa venerable moneda con siglos de historia, ¿convertida en un juguete de los nacionalistas escoceses? ¡Anatema!
Pero la cosa no acaba ahí. Estos ‘defensores del inglés’ (canadienses, ojo) van más allá y le recuerdan a Carney que, por ser canadiense, tiene ‘el deber de proteger el estado soberano británico’ de estas ‘fuerzas nacionalistas’. Es decir, le piden a un canadiense que defienda el monedero de la abuela inglesa de los primos escoceses. La escena es digna de una comedia de enredos, ¿verdad?
Desde el otro lado del charco, la CEDL teme que la libra ‘se convierta en una herramienta para los nacionalistas escoceses’. Uno casi puede escuchar el resoplar de indignación mientras redactaban la carta, preocupados por una moneda que no es la suya, en un país que no es el suyo, pidiéndole a un paisano que intervenga en un conflicto que le pilla más lejos que a un pingüino una ola de calor.
En fin, un recordatorio hilarante de que la política y las pasiones nacionalistas no entienden de fronteras, y a veces, nos regalan titulares que parecen sacados de una película de los Monty Python. ¡Larga vida a la libra… y a los defensores del inglés canadiense!
