Los puritanos de Nueva Inglaterra no querían cruces en sus tumbas y llenaron sus cementerios de calaveras con alas. Hoy sirven para datar la piedra…
Entras en un cementerio colonial de Nueva Inglaterra y todas las piedras te miran igual: una calavera con alas, tumba tras tumba. No es moda gótica ni emblema de secta.
La calavera alada —el death’s head— es el motivo funerario más común de la Norteamérica colonial: manda en las lápidas de Nueva Inglaterra desde finales del siglo XVII y aguanta hasta bien entrado el XVIII. La lectura más habitual es doble: el cráneo recuerda lo que le pasa al cuerpo y las alas apuntan a lo que se supone que sale volando de él.
Se ha especulado que las calaveras aladas pretendían simbolizar una combinación de muerte física y regeneración espiritual.
Departamento de Parques del Ayuntamiento de Boston
¿Por qué los puritanos tallaban calaveras en vez de cruces?
Porque una cruz, un Cristo o un querubín les olían a imagen de culto, y de eso no querían ni en sus casas de reunión, ni en su plata, ni en sus tumbas: el mandamiento bíblico contra las imágenes talladas iba en serio. La calavera no representaba a Dios; representaba un hecho.
A su alrededor, el resto del vocabulario: huesos cruzados, ataúdes, palas de sepulturero y relojes de arena —a veces alados— para recordar que el tiempo vuela. Era la época en que se escondían zapatos viejos dentro de los muros para espantar brujas, y la de unos puritanos a los que un clérigo inglés colgó 45 leyes disparatadas que nunca existieron.
¿Cómo acabó la calavera convertida en un querubín?
Desde la década de 1690 el cráneo se ablanda: mejillas, ojos vivos, boca hacia arriba. Es la soul effigy, la efigie del alma, y durante el siglo XVIII le gana terreno a la calavera en buena parte de Nueva Inglaterra, aunque en las piedras de Boston el cráneo aguantó. Los investigadores emparejan el cambio con el Gran Despertar, la oleada de fervor religioso que fue limando la ortodoxia puritana.

El relevo siguiente manda a finales del XVIII y principios del XIX: la urna y el sauce llorón, puro neoclasicismo. Para entonces el sauce era ya emblema de melancolía; la urna, el recipiente romano para las cenizas. La muerte deja de dibujarse y pasa a insinuarse.

¿Qué hacen los arqueólogos en un cementerio colonial?
Usarlo de laboratorio. En 1966, Edwin Dethlefsen y James Deetz publicaron en American Antiquity un trabajo titulado Death’s Heads, Cherubs, and Willow Trees: Experimental Archaeology in Colonial Cemeteries. La ventaja del material era evidente: cada lápida lleva su fecha grabada y suele seguir donde la pusieron.
Con esas piedras probaron la seriación, el método que supone que un estilo aparece, alcanza su pico y decae. Los tres motivos se relevaban con esa curva exacta. Los querubines asoman antes entre la clase urbana de Cambridge, donde siguieron siendo minoritarios, y se imponen deprisa en los pueblos de alrededor.
No todos compraron la lectura religiosa: en los años setenta, el historiador David D. Hall replicó que se estaba leyendo demasiado en unos dibujos y que el puritanismo no era necesariamente lúgubre.
Así que, si te cruzas con una calavera alada, no te está amenazando: te recuerda que tú también llevas encima una fecha pendiente de grabar. Y que en un cementerio asoman rarezas como la tumba de Ebenezer Scrooge.
Vía Mental Floss, Ayuntamiento de Boston, Dethlefsen y Deetz en American Antiquity, Archaeology y el Departamento de Recursos Históricos de Virginia.
Foto de portada: lápida de Mary Goose en el Granary Burying Ground de Boston, por Matthias Nonnenmacher (CC BY-SA 4.0).




