Agarraos fuerte porque la historia de hoy nos trae una de esas paradojas que te hacen levantar una ceja y soltar un ‘¡anda ya!’ en voz alta. Imaginaos la escena: un par de cacos, los hermanos Ramzan y Waseem Sher, con una jeta que les llega al suelo, se dedicaban a desvalijar garajes por todo Manchester. Su especialidad no era precisamente robar chicles del supermercado, no. Ellos iban a por la creme de la creme: BMWs, Audis, Mercedes… lo más pijo del mercado, todo valorado en la friolera de 1.2 millones de libras esterlinas. Y no, no usaban una pata de cabra y un pasamontañas de andar por casa; estos tipos eran unos ‘manitas’ tecnológicos, con sus portátiles y sus llaves en blanco, abriendo y arrancando coches como quien le da al ‘play’ en la consola.
La fiesta, como era de esperar, se acabó. Ambos fueron pillados con las manos en la masa y sentenciados en 2017 a un total de más de 15 años entre rejas (Ramzan se llevó 7 años y 8 meses, y Waseem, 7 años y 4 meses). ‘Justicia poética’, pensaréis. ‘Ahora a pagar por los crímenes’, añadiréis. Pues aquí viene el giro de guion que ni el mejor director de cine habría imaginado.
Recientemente, en una audiencia bajo la ‘Ley de Productos del Crimen’ —que básicamente es para confiscar las ganancias de los delincuentes—, un juez dictaminó la cantidad que estos dos lumbreras debían devolver. Después de haber ‘ordeñado’ el mercado automovilístico de lujo por 1.2 millones de libras, la cifra final a restituir para cada uno ha sido… ¡tachán! ¡Un mísero euro! Sí, habéis leído bien. Un euro. Un billete de monopoly tendría más valor para el caso. La razón es tan simple como frustrante: los Sher no tienen ‘bienes disponibles’. Es decir, no hay ni un céntimo, ni un piso, ni un coche (legal, se entiende) a su nombre que puedan confiscar.
Aunque parezca de chiste, esta decisión tiene su lógica legal, por retorcida que suene. Al ordenarles pagar una cantidad nominal (ese euro simbólico), la ley permite que, si en el futuro estos señores sacan la cabeza del agua y aparecen con un patrimonio, las autoridades puedan ir a por ellos y reclamar el monto total que deben. Es como tener una deuda en stand-by, esperando a que te toque la lotería para cobrártela. Así que, por ahora, los dueños de esos cochazos robados se quedan con cara de póquer y la sensación de que, a veces, la justicia tiene un sentido del humor muy particular. O muy cruel, según se mire.
Desde luego, una historia que nos recuerda que no todo en el mundo del crimen es como en las películas, donde los malos siempre acaban pagando hasta el último céntimo… o no.

