Un fotógrafo británico cruzó el país con un puñado de monedas: la norma exige 52 llamadas al año para que una cabina no acabe desconectada…
Para que una cabina telefónica pública siga conectada en el Reino Unido hay que hacer al menos 52 llamadas al año desde ella. En Einacleit, una aldea de la isla escocesa de Lewis, esa cifra estaba en riesgo. Así que William Arnold, fotógrafo y artista de Cornualles, cruzó Gran Bretaña de punta a punta y las hizo todas él, con el bolsillo lleno de monedas de 20 y 50 peniques.
Unas 1.700 millas ida y vuelta, más de 2.700 kilómetros. Por 52 llamadas. Desde una cabina que casi nadie usa y que además es una de las más raras del país.
¿Por qué exactamente 52 llamadas?
La cifra no es caprichosa. Ofcom, el regulador británico de telecomunicaciones, solo permite retirar la última cabina de un emplazamiento si se cumplen todas estas condiciones a la vez: cobertura de las cuatro grandes redes móviles, que el sitio no esté catalogado como crítico por seguridad, que no conste otra necesidad razonable y —la que aquí importa— menos de 52 llamadas en los doce meses anteriores.
Traducido: una llamada por semana y la cabina se queda. Si no llegan, la operadora ya puede pedir permiso para retirarla. Arnold hizo la cuenta y se encargó él de todas.
¿Qué tiene de especial la cabina de Einacleit?
No es una cabina roja cualquiera. Según la Twentieth Century Society, que vela por la arquitectura británica del siglo XX, existe una variante única del clásico modelo K6 que solo se encuentra en la isla de Lewis, apodada Hebridean Storm Door: en vez de una puerta grande, dos hojas estrechas. El motivo era el viento, capaz de abrir de golpe una puerta única y arrancarla de las bisagras.
De esa serie, según la misma asociación, quedan en su sitio original solo dos: la de Crulivig, ya desconectada —la de la foto de portada—, y esta de Einacleit. Se cree, por tanto, que es la última cabina de doble puerta de Gran Bretaña que todavía da línea.

Una cabina desde la que nadie llama en todo el año es, en la práctica, una cabina con fecha de caducidad.
¿Quién va a llamar el año que viene?
Arnold lleva en esto desde 2022, cuando la idea le surgió en un viaje fotográfico por las Hébridas Exteriores. Desde entonces las cabinas moribundas son su proyecto artístico, Saving Public Telephony. En 2024 recorrió a pie durante dos días la península de Lizard, en Cornualles, parando en todas las cabinas que seguían funcionando y recaudando fondos para los Samaritanos.
El viaje a las Hébridas escocesas lo pagó un micromecenazgo que reunió más de 1.000 libras, bastante más que las 36 libras que costaron las llamadas. Marcó 52 números distintos, muchos de gente que había puesto dinero. La cuenta, en todo caso, es asumible: 52 llamadas al año entre unas casas salen a menos de una por semana.
Arnold admite que el gesto tiene su punto ridículo, pero defiende que detrás hay algo serio: en el medio rural, donde la cobertura móvil falla, estas cabinas son a menudo un salvavidas. Que se lo digan al hombre que en 1975 se encerró en la cabina de un hipódromo para dar un golpe de apuestas.
Queda la pregunta incómoda: ¿cuántas cabinas estarán a diez llamadas de desaparecer, esperando a que alguien lleve suelto encima?
Vía BBC News, GB News, la Twentieth Century Society, las normas de Ofcom sobre cabinas y la web de William Arnold.
Foto de portada: cabina de doble puerta en Crulivig, isla de Lewis, © Jo Turner, CC BY-SA 2.0.




