¡Atención, amantes del drama digital! Preparaos para la historia que demuestra que, en el salvaje oeste de internet, hasta los chistes tienen derechos de autor y pueden acabar, ¡tachán!, en los tribunales. El protagonista de esta movida, que parece sacada de un guion de comedia, es Agent Ratliff, un YouTuber con cuatro millones de seguidores en TikTok y 338.000 en YouTube, que ahora se ve en el ojo del huracán. ¿El motivo? Una demanda de plagio que da para peli de sobremesa.
La cosa se ha puesto fea entre Ratliff (nombre real, Blake Ratliff) y otro creador de contenido, Kevin, conocido en la red como @CouchPotato27, que no es moco de pavo con su millón de seguidores en TikTok. Kevin ha puesto una demanda por la vía gorda: plagio, infracción de derechos de autor y, atención, enriquecimiento injusto. ¡Casi nada!
Según la demanda, Ratliff habría ‘fusilado’ sin piedad los TikToks de Kevin, incluyendo no solo chistes y sketches, sino también personajes que Kevin había creado con su sangre, sudor y píxeles. La gota que colmó el vaso fue un vídeo de Kevin titulado ‘Un día en la vida de un niño rico’ que, horas después de publicarse, ¡apareció misteriosamente clonado en el canal de Ratliff! Vamos, que el ‘niño rico’ de Kevin tuvo un hermano gemelo digital casi al instante, pero sin el consentimiento de los padres originales.
Kevin no se anda con chiquitas. Asegura que los vídeos de Ratliff no solo copiaban la idea, sino también la ‘actuación, los movimientos de la cámara, la voz en off, los disfraces y los escenarios’. ¡Un combo completo de copiar y pegar! La demanda subraya que Kevin se dedicaba a un ‘nicho de contenido’ muy particular y que el éxito de sus vídeos, que se hacían virales, se debía a su ‘originalidad y autenticidad’. Algo que, al parecer, a Ratliff le vino de perlas como ‘inspiración’.
Pero la cosa no acaba aquí, que esto es un culebrón. La polémica se puso más jugosa cuando Ratliff, al ver el pastel, borró el vídeo original (¡un clásico del ‘me pillaron’!) y subió una disculpa que, según Kevin, era más falsa que un billete de siete euros. ‘Estaba cubriéndose las espaldas’, sentencia Kevin, que no se ha dejado embaucar por las lágrimas de cocodrilo virtuales. Vamos, que la cosa ha acabado en el juzgado, pidiendo un jurado y reclamando daños, costas y hasta una orden judicial para que Ratliff deje de ‘inspirarse’ demasiado en el trabajo ajeno.
En resumen, estamos ante un nuevo capítulo de la propiedad intelectual en la era de los influencers, donde los chistes no son solo chistes, son activos digitales que pueden valer su peso en oro (o en abogados). ¿Moraleja? En la era del contenido, hasta la broma más tonta tiene un valor. Y si te pillan ‘tomando prestado’ más de la cuenta, prepárate para la que se te puede venir encima. ¡El drama está servido, y esta vez, en lugar de likes, vienen demandas!

