Un gobernador vio pasar unos cables por la ventanilla de su avioneta y el encargo acabó en una fábrica de barcas de fibra de vidrio de Arkansas…
Levanta la vista la próxima vez que pases cerca de un aeropuerto: de algunos cables de alta tensión cuelgan unas bolas enormes de color naranja. No son adornos ni aislantes, ni tienen que ver con la electricidad que pasa por debajo. Son balizas de señalización aérea y están ahí porque un cable de acero es prácticamente invisible desde una avioneta. Y el modelo que se impuso salió del sitio menos probable: una fábrica de barcas que no levantaba cabeza.
¿Para qué sirven las bolas de colores de los cables de alta tensión?
Un tendido eléctrico visto desde el aire es una raya finísima contra un fondo de campo, agua o montaña. Quien vuela bajo —helicópteros, avionetas, fumigadores— no lo distingue, y el cielo está cada vez más transitado. Las bolas rompen esa invisibilidad: le dan al cable volumen, color y sombra.
La Administración Federal de Aviación de Estados Unidos lo tiene medido al detalle. En los grandes vanos que cruzan cañones, lagos y ríos, las esferas deben medir al menos 91 centímetros de diámetro; en tramos menos extensos o en líneas bajas junto a una pista se admiten las de unos 51. Van en naranja de aviación, blanco o amarillo, y se reparten cada 60 metros, o cada 9 a 15 metros cerca de las pistas. Cuando el terreno no deja subir, las cuelga un operario asomado a un helicóptero.

¿Quién está detrás de las bolas naranjas de los cables?
Hacia 1969, Jack Rutledge llevaba en Little Rock (Arkansas) una fábrica de barcas de fibra de vidrio que no acababa de arrancar. Un día le llamó Eddie Holland, responsable del Departamento de Aeronáutica del estado.
Holland venía de volar con el gobernador, Winthrop Rockefeller, que había visto pasar unos cables junto a la ventanilla mientras el aparato se disponía a aterrizar y había decidido que aquello tenía que verse mejor. Rutledge, que de moldear fibra sabía un rato, hizo una bola de color vivo partida en dos mitades, que se cerraba a tornillo sobre el cable y aguantaba el viento. La bautizó Tana Wire Marker. Tana Lee era el nombre de su mujer.
Una fábrica de barcas en horas bajas acabó fabricando el modelo que hoy cuelga de los cables de medio mundo.
¿Por qué en España vemos espirales en vez de bolas?
Aquí la señalización más habitual no mira al cielo: mira a las aves. El Real Decreto 1432/2008 prevé instalar salvapájaros en los tendidos nuevos con conductores desnudos que cruzan zonas de protección, cuando lo determine la comunidad autónoma, y describe dos modelos: espirales de 30 centímetros de diámetro y un metro de largo, o aspas de dos tiras de 5 × 35 centímetros. Van cada 10 metros, o alternadas cada 20 si hay dos cables de tierra.
El problema de fondo es el que vio Rockefeller: un cable fino no se ve, ni desde una cabina ni con los ojos de un pájaro. Un metaanálisis de 35 estudios de campo, publicado en 2019 en Journal of Environmental Management, calculó que señalizar los cables reduce las colisiones de aves alrededor de un 50%, con mucha variación entre estudios.
Así que esa bola naranja no es decoración: es lo que queda de un encargo de hace medio siglo que empezó con un gobernador mirando por la ventanilla.
Vía Laughing Squid, Mental Floss, ScienceABC, UPI (1983), Vault Electricity, los obituarios de Jack T. Rutledge y Tana Lee Rutledge, el BOE y Bernardino et al. (2019).
Foto de portada: TeWeBs, CC BY-SA 4.0.




