Cómo la bicicleta emancipó a las mujeres en la era victoriana

Mujer victoriana con sombrero posando sobre una bicicleta de seguridad de finales del siglo XIX
Annie Dawson Wallace con su bicicleta (Sídney, 1899). Foto: State Library of New South Wales (dominio público).
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Imagina que un cacharro de dos ruedas te regala, de golpe, algo que llevabas toda la vida sin tener: salir de casa cuando te dé la gana, ir lejos y volver, y hacerlo sin pedir permiso ni el brazo a nadie. Para las mujeres de finales del siglo XIX, esa máquina existió y se llamaba bicicleta.

La bicicleta de seguridad hizo por la libertad de las mujeres más que casi cualquier otro invento de su época: les permitió moverse solas, sin carabina y sin depender de un hombre que las llevara. Y no es una lectura romántica de ahora; es lo que pensaban ellas mismas mientras pedaleaban.

¿Por qué una simple bicicleta era tan revolucionaria?

Hasta entonces reinaba el penny-farthing, aquel biciclo de rueda delantera gigantesca desde el que era fácil partirse la crisma. En 1885, el británico John Kemp Starley presentó la Rover Safety Bicycle: dos ruedas del mismo tamaño, cadena a la rueda trasera y una altura sensata. Con el neumático de aire de John Dunlop, a partir de 1888, pedalear dejó de ser un deporte de riesgo.

El cuadro rebajado permitía montar con falda, y los fabricantes empezaron a vender bicis pensadas para ellas. El resultado fue una fiebre ciclista en el mundo anglosajón y, de paso, un empujón al movimiento por el vestido racional: menos corsés y faldas imposibles, y más pantalones bombachos.

¿Qué era la «cara de bicicleta» que asustaba a los médicos?

La reacción no se hizo esperar. Algunos médicos victorianos advirtieron de la bicycle face, la «cara de bicicleta»: una supuesta deformación de rasgos tensos, ojeras y gesto de agotamiento que, según ellos, se le quedaba a quien pedaleaba demasiado. Sumaban riesgos de nervios, cansancio e incluso problemas de fertilidad.

No había ni una prueba científica detrás. Era, en el fondo, puro pánico moral: una mujer que pedalea sola es una mujer que se escapa del control, y eso incomodaba lo suficiente como para inventarse una enfermedad. Como tantos otros bulos de la almidonada sociedad victoriana, la «cara de bicicleta» acabó en el olvido.

¿Quién dijo que la bici emancipó a las mujeres?

Lo dijo Susan B. Anthony, una de las grandes referentes del sufragismo estadounidense. En una entrevista del 2 de febrero de 1896 con la periodista Nellie Bly lo dejó por escrito:

Creo que la bicicleta ha hecho más por emancipar a las mujeres que cualquier otra cosa en el mundo. Me pongo de pie y me alegro cada vez que veo pasar a una mujer sobre una rueda; le da una sensación de libertad e independencia.

No era la única entusiasta. Frances Willard, presidenta de la Woman’s Christian Temperance Union, aprendió a montar a los 53 años, bautizó su bicicleta como «Gladys» y en 1895 escribió A Wheel Within a Wheel para animar a otras mujeres a subirse al sillín.

La era victoriana nos dejó manías para dar y tomar —desde una cinta de correr que castigaba a los presos hasta un mundo del ciclismo lleno de anécdotas—, pero pocas cosas movieron tanto como aquellas dos ruedas. La próxima vez que veas una bici aparcada, acuérdate de que ese trasto fue, hace poco más de un siglo, una máquina de libertad. Vía Laughing Squid.