¡Agárrense, devotos de la tecnología y carteristas de la fe! Porque en el fascinante y, a veces, tronchante universo de las estafas, hemos alcanzado un nuevo nivel de ingenio… o de descaro, según se mire. Olvídense de los viejos trucos; ahora, el futuro de la picaresca se llama Inteligencia Artificial aplicada a la espiritualidad, y está haciendo una fortuna en África Occidental.
Resulta que unos cuantos «hombres de Dios» con más visión empresarial que escrúpulos han descubierto que las plegarias, si vienen con un toque algorítmico y una pizca de personalización, se venden como churros. Sí, habéis leído bien: ¡oraciones milagrosas generadas por IA! No es ciencia ficción, es el pan de cada día en Ghana y Nigeria, donde estos avispados «profetas» están amasando una pasta considerable.
Imagina la escena: estás desesperado porque tu visado no llega, el jefe no te sube el sueldo, o, y esto es lo mejor, ¡tu gato ha desaparecido! ¿A quién recurres? Pues a estos modernos chamanes digitales que, en lugar de consultar oráculos antiguos, te ofrecen una «oración milagrosa» recién salida de la CPU. Por una módica tarifa, claro. Y no hablamos de plegarias genéricas de «Dios te bendiga», ¡qué va! Aquí hay personalización al poder: «una oración para que tu visado a Canadá se apruebe», «una para ese aumento de sueldo tan merecido» o incluso «para que tu mascota perdida regrese a casa sana y salva». La IA, en plan ChatGPT y otras herramientas del gremio, se encarga de tejer frases religiosas con afirmaciones positivas, creando el combo perfecto para tocar la fibra sensible.
Según nos cuentan las malas lenguas (y la BBC Africa), este negocio está que arde. Un estafador llegó a confesar que se embolsaba unos 2.500 dólares al mes, ¡solo con plegarias de 50 palabras! Eso es rentabilidad, y lo demás son tonterías. Y no solo oraciones; algunas de estas «iglesias» de nueva generación incluso ofrecen «sueños proféticos generados por IA» bajo suscripción. ¡La espiritualidad on-demand nunca había sido tan literal!
La clave del éxito reside en la desesperación de la gente. Cuando uno busca soluciones a problemas que le ahogan, la promesa de una intervención divina (aunque sea algorítmica) puede ser muy tentadora. Y es que, ¿quién iba a pensar que el camino a la salvación (o al menos a la ilusión de ella) estaría pavimentado con líneas de código?
En definitiva, estamos ante un fenómeno que nos deja con la boca abierta. La fe, la tecnología, el dinero y un puñado de pícaros que han sabido ver el filón en la intersección de todo ello. Parece que el dicho de «Dios aprieta pero no ahoga» ha sido reescrito por el chatbot: «Dios aprieta, pero la IA te cobra por la oración para salir del aprieto».




