
¿Quién dijo que el crimen no podía ser dulce? En un giro de guion que ni los Monty Python habrían imaginado, la policía de Yonkers, en Nueva York, se topó con un atraco de lo más peculiar que dejó a un hombre mayor cubierto… ¡de caramelos! Si pensabas que los delincuentes usaban navajas o pistolas, prepárate, porque esta banda juvenil tenía un arsenal mucho más azucarado.
La cosa fue así: un hombre de 63 años paseaba tranquilamente cuando, de repente, se vio envuelto en un intento de robo digno de un sketch. Dos jóvenes, uno de 17 y otro de 18 años, decidieron que ese señor era su próximo objetivo. Uno de ellos le agarró del brazo con la intención de inmovilizarlo, pero nuestro protagonista, con más reflejos de lo esperado para su edad, logró zafarse. ¡Aquí es donde la historia da un giro inesperado!
Ante la frustración de ver que su técnica de agarre no funcionaba, los aspirantes a malhechores no sacaron una porra ni un spray pimienta. No, sacaron… ¡caramelos! Una lluvia de Skittles, Swedish Fish, Kit Kats y chocolatinas Reese’s empezó a caer sobre el hombre. Sí, lo has oído bien, intentaron reducirlo a base de proyectiles de azúcar. Imagina la escena: el hombre intentando esquivar una avalancha de gomitas y chocolate, mientras los adolescentes intentaban atracarle con el arma más pegajosa jamás vista.
Afortunadamente, el señor salió ileso de este ‘dulce’ ataque, más allá de la sorpresa y, quizás, algún que otro caramelo pegado al pelo. La policía, alertada del incidente, no tardó en rastrear a estos singulares atracadores. ¿Y dónde los encontraron? Pues claro, ¡comiéndose tranquilamente el resto de los caramelos que les quedaban! Como si acabaran de salir de una sesión de cine en vez de un intento de robo.
Los agentes de la ley debieron frotarse los ojos, preguntándose si no estaban en una película. Los jóvenes fueron rápidamente detenidos y se enfrentan a cargos de intento de robo, asalto y acoso. Parece que su ‘carrera criminal’ se disolvió más rápido que un caramelo en la boca. La próxima vez, quizás deberían considerar dedicarse a montar una tienda de chucherías en vez de usar los dulces para fines tan… controvertidos. En fin, al menos sabemos que el crimen, a veces, puede ser absurdamente delicioso.
