Agarraos bien, porque lo que os vamos a contar hoy podría hacer que se os caiga el café. ¿Creíais haberlo visto todo en el teatro? Pensad de nuevo. Una compañía alemana ha decidido darle una vuelta de tuerca (o directamente un triple salto mortal sin red) a la historia de Ana Frank, y el resultado ha dejado a todo el mundo con la boca abierta… y no precisamente de admiración.
Estamos hablando de una producción de ‘El Diario de Ana Frank’ que, agárrense los machos, incluye escenas de sexo explícito entre la joven Ana y, ni más ni menos, que Adolf Hitler. Sí, habéis leído bien. Y por si fuera poco, la cosa no se queda ahí, porque otros figurones del régimen nazi también hacen acto de presencia en estas ‘fantasías’ escénicas. La obra no se anda con chiquitas y presenta desnudos y momentos que, por decirlo suavemente, son bastante explícitos.
Según los responsables de esta… peculiar propuesta teatral, el objetivo es ‘explorar las fantasías de la chica que pasó sus últimos años en un campo de concentración’. Uf. Una justificación que, para muchos, suena más a excusa para el puro sensacionalismo que a una profunda reflexión artística o una innovadora perspectiva histórica. Parece que la línea entre la audacia creativa y el mal gusto se ha difuminado un poco, o directamente, se ha evaporado.
Como era de esperar, la obra ha provocado un auténtico tsunami de horror y repulsa por parte del público y la crítica. La gente no da crédito a que se pueda tratar la memoria de Ana Frank, símbolo universal de la inocencia, el sufrimiento y la resiliencia en uno de los capítulos más oscuros de la humanidad, de una manera tan, digamos, ‘atrevida’ y potencialmente ofensiva. Convertir su figura en protagonista de semejante trama erótica con sus verdugos ha sido calificado, en el mejor de los casos, de aberración y, en el peor, de una falta de respeto mayúscula.
En fin, que entre el sexo explícito, los desnudos y la mezcla explosiva de personajes históricos tan delicados, esta versión de ‘El Diario de Ana Frank’ ha conseguido una cosa: que se hable de ella. Pero la pregunta del millón es si el arte debe valerlo todo en pos de la provocación, o si hay límites que, por respeto a la memoria y la decencia, nunca deberían cruzarse. Nosotros, de momento, vamos a necesitar un par de tazas de tila y un buen documental histórico para recuperarnos del shock.




