El abuelo japonés que te daría una paliza al billar a sus 99 años

El abuelo japonés que te daría una paliza al billar a sus 99 años
Hayato Isogai, un japonés de 99 años, ha sido reconocido oficialmente como el jugador de billar competitivo más longevo del mundo. Tras 80 años perfeccionando su técnica, Isogai sigue participando en torneos oficiales y demostrando que la puntería no tiene fecha de caducidad.
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¿Crees que dominas el arte del billar por haber ganado tres partidas seguidas en el bar de tu barrio? Piénsalo otra vez. Hayato Isogai, un ciudadano japonés que está a un suspiro de cumplir el siglo de vida, acaba de humillarnos a todos al ser nombrado por el Guinness World Records como el jugador de billar competitivo más anciano del planeta. A sus 99 años y 177 días, este hombre tiene mejor pulso que muchos de nosotros después de dos cafés.

Ocho décadas dándole al taco

Isogai no es un aficionado de última hora que se aburría en la residencia. Este maestro de la geometría aplicada lleva practicando sus carambolas desde hace nada menos que 80 años. Empezó a jugar cuando tenía veinte años y, desde entonces, no ha soltado el taco. El récord se oficializó tras su participación en el 32º Torneo Masters Class en Chiba, Japón, donde demostró que la experiencia es un grado y que las bolas van exactamente a donde él dice.

El secreto de su eterna juventud

Lo más fascinante de esta historia no es solo su edad, sino su actitud. Según ha confesado el propio Isogai, el billar es un deporte que te permite seguir aprendiendo cosas nuevas cada día, incluso después de ocho décadas de práctica. Para él, la mesa verde no tiene secretos, pero sí nuevos retos. «Es un deporte que puedes jugar para siempre», afirma con una sonrisa, dejando claro que no tiene ninguna intención de guardar el taco en el estuche todavía.

Así que ya sabes, la próxima vez que falles un tiro fácil, no culpes a la tiza ni a la inclinación del suelo. Hayato Isogai sigue compitiendo al máximo nivel, recordándonos que el talento no envejece y que, con casi cien años, todavía se puede tener la mente (y la puntería) muy despierta.