
Parece que la búsqueda de la gloria olímpica no tiene límites, ni siquiera anatómicos. Mientras que la mayoría de los atletas opta por la cafeína extra o los batidos de proteínas, algunos en el equipo austríaco de salto de esquí habrían decidido tomar un atajo… y vaya atajo. Estamos hablando de una estrategia de dopaje tan extravagante que si no fuese real, parecería una broma de mal gusto.
La cosa va de pinchazos, pero no en el brazo o en el trasero. Según las explosivas alegaciones destapadas por el Dr. Walter Mayer, antiguo médico del equipo (y él mismo con un historial de polémica por dopaje), se rumoreaba que varios saltadores se administraban inyecciones de aminoácidos, concretamente L-arginina, directamente en sus partes más sensibles. Sí, lo han leído bien: inyecciones en el pene.
Ahora, el ‘porqué’ de este peculiar y dolorosísimo método. La L-arginina es conocida por ser un precursor del óxido nítrico, un potente vasodilatador. Es decir, expande los vasos sanguíneos y mejora el flujo circulatorio. En teoría, esto podría optimizar la oxigenación y el rendimiento general del cuerpo, buscando la décima de segundo o el metro extra que separa la plata del oro.
Aunque la idea de mejorar la circulación es sólida, la aplicación elegida roza lo surrealista y lo masoquista. Cuando la noticia salió a la luz por primera vez, generó una mezcla de estupor, incredulidad y, seamos sinceros, algo de dolor reflejo en la población masculina. ¿Hasta dónde está dispuesto a llegar un deportista por ganar? Al parecer, hasta el punto de jugarse la salud íntima con una jeringuilla. Los saltadores de esquí ya tienen que ser valientes por volar a velocidades de vértigo, pero si las alegaciones son ciertas, tendrían que añadir ‘invulnerables al terror a las agujas’ a su currículum. La investigación oficial nunca llegó a confirmar un uso generalizado de esta técnica, pero la leyenda urbana del dopaje más loco ya se había escrito.
