Viajar al mundo de la alta gastronomía experimental es, a menudo, una aventura deliciosa. Pero a veces, la ciencia y la coctelería se mezclan para dar lugar a un desastre digno de titular. Esto es lo que le ocurrió a un desafortunado comensal que decidió probar una de esas creaciones líquidas de un chef de renombre, conocido por su afán por lo extravagante.
La escena tiene lugar en un local de postín, donde el cliente espera disfrutar de una experiencia sensorial única. El cóctel en cuestión no era una simple mezcla de alcohol y zumo, sino una obra de la coctelería molecular, diseñada para impactar visualmente. Para lograr ese efecto de niebla dramática, los alquimistas de la barra habían introducido algún componente criogénico, probablemente nitrógeno líquido o, en su defecto, hielo seco (dióxido de carbono sólido). La idea es sencilla: el elemento se evapora, creando una densa humareda antes de que el cliente beba.
El problema llegó cuando el cliente, presa de la emoción o la impaciencia, se saltó la regla fundamental: esperar. Ingerir la bebida antes de que todo el elemento volátil se hubiera sublimado por completo fue una decisión fatal. Una vez dentro del estómago, el componente químico pasó rápidamente de estado sólido o líquido a gaseoso, pero sin tener dónde escapar. Esto provocó una rapidísima y violenta expansión de gas en su aparato digestivo.
El resultado fue, literalmente, una explosión interna. El hombre sufrió una perforación gástrica, es decir, su estómago se rompió por la presión. Evidentemente, esto no es algo que se cure con una manzanilla. El cliente tuvo que ser trasladado de urgencia al hospital, donde fue intervenido para reparar el desastre provocado por su cóctel vanguardista. La moraleja de esta historia es clara: en la coctelería, como en la vida, a veces es mejor dejar que el humo se disipe antes de meterse el problema en el cuerpo. La próxima vez, que pida un gin-tonic de toda la vida, que explota, sí, pero solo en la boca.

