Hay días en los que uno se levanta con el pie izquierdo, y luego está Dallas, un perro de Pennsylvania que decidió que empezar el día con la cabeza metida en un tarro de plástico era una idea brillante. Ojo, que no lo juzgamos, quizás solo quería un poco de privacidad o probar la acústica de los ladridos en un espacio cerrado.
La cuestión es que durante al menos dos largos días, los vecinos de la zona de East Pennsboro Township fueron testigos de una estampa surrealista: un perro deambulando con un casco improvisado. Un tarro que, si bien le daba un aire de astronauta despistado, le impedía comer, beber y, en general, hacer sus cosas de perro. La preocupación, como es lógico, empezó a cundir y los teléfonos no tardaron en sonar.
La llamada de auxilio llegó a los oídos de la gente de Canine Rescue of Central Pennsylvania, una protectora local. Ni cortos ni perezosos, se pusieron manos a la obra, organizando una búsqueda para encontrar al canino en apuros. Los avisos de los vecinos fueron clave para seguirle la pista a nuestro peludo protagonista, que parecía estar haciendo un tour por el condado con su peculiar accesorio.
La heroína de esta historia tiene nombre y apellidos: Christina Weber. Esta vecina, con más astucia que el Correcaminos, consiguió acorralar a Dallas en su garaje. ¡Misión cumplida! Bueno, casi. Ahora venía lo más peliagudo: quitarle el dichoso «sombrero».
El equipo de rescate se encontró con que el tarro estaba tan encajado que ni con maña ni con fuerza salía. Parecía que el plástico se había fusionado con su cabeza. Lejos de entrar en pánico, sacaron la artillería pesada: unas cizallas. Con la precisión de un cirujano y el cuidado de quien no quiere fastidiarle el peinado a nadie, cortaron el plástico y, por fin, liberaron a Dallas.
El alivio fue general. Dallas, por fin libre, estaba «muy sediento y hambriento, pero por lo demás parece estar bien», según comunicó la protectora. Ahora está a salvo en sus instalaciones, recuperándose de su aventura espacial y, probablemente, replanteándose sus futuras elecciones de moda. Una historia con final feliz y una lección aprendida: los tarros, mejor en la despensa.




